Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Como se ve por esta anécdota, la bondad ocupa un lugar bastante grande en las sensaciones causadas por el hachís; es una bondad leve, perezosa y muda que deriva del relajamiento de los nervios. En apoyo de esta observación me refirió una persona la aventura que le sucedió en estado de embriaguez originada por la droga; y como conservaba un recuerdo muy exacto de sus sensaciones comprendí, perfectamente, en qué engorro grotesco e inextricable lo había colocado esa diferencia de diapasón y de nivel del que hablé hace un momento. Ya no recuerdo si ese hombre realizaba su primera o segunda experiencia. ¿Había tomado una dosis demasiado fuerte o el hachís le había producido, sin la ayuda de ninguna causa aparente (lo que sucede con frecuencia) efectos mucho más vigorosos? Me dijo que en medio de su goce, ese goce supremo de sentirse lleno de vida y creerse rebosante de genio, había descubierto de pronto algo que le aterraba. Deslumbrado al principio por la belleza de sus sensaciones, éstas le espantaron súbitamente. Se preguntó qué sería de su inteligencia y de sus órganos si ese estado, para él sobrenatural, continuaba agravándose, si sus nervios se hacían cada vez más sensibles. Dado el poder de aumento que posee el ojo espiritual del paciente, ese temor debe ser un suplicio inefable. «Yo era —dijo— como un caballo desbocado que corre hacia un abismo y quiere detenerse mas no puede. Era, efectivamente, un galope espantoso, y mi pensamiento, esclavo de la circunstancia y del medio, del accidente y de todo lo que puede significar la palabra casualidad, había tomado un giro puro y absolutamente rapsódico. ¡Es demasiado tarde!, me decía sin cesar y desesperado. Cuando terminó esa sensación, que a mi parecer duraba un tiempo infinito y tal vez no duró sino unos pocos minutos, cuando creí que por fin podía sumirme en esa beatitud tan cara a los orientales, que sucede a esa fase furiosa, me abrumó una nueva desdicha. Una nueva inquietud, muy trivial y pueril, se abatió sobre mí. Recordé repentinamente que me habían invitado a una comida, a una reunión de hombres serios. Me veía de antemano entre una multitud sabia y discreta, donde todos eran dueños de sí mismos, obligado a ocultar cuidadosamente el estado de mi mente bajo el brillo de numerosas lámparas. Creía que lo conseguiría, pero también me sentía desfallecer pensando en los esfuerzos de voluntad que tendría que desplegar. Por no sé qué circunstancia, las palabras del Evangelio: “¡Ay de quien provoca el escándalo!”, surgieron en mi memoria y deseando olvidarlas, procurando olvidarlas, las repetía sin cesar mentalmente. Mi desdicha (pues era una desdicha auténtica) adquirió entonces proporciones grandiosas. Resolví, pese a mi debilidad, demostrar energía y consultar a un farmacéutico pues ignoraba los reactivos y deseaba acudir, con la mente libre y despreocupada, a la reunión adonde me llamaba el deber. Pero en el umbral de la farmacia se me ocurrió una idea súbita que me detuvo unos instantes y me hizo reflexionar. Acababa de mirarme al pasar en el espejo de un escaparate y me había sorprendido mi rostro. ¡La palidez, los labios plegados, las pupilas dilatadas! “Voy a inquietar a ese buen hombre —me dije— ¡y por qué tontería!” Agregado a eso, la sensación de ridículo que yo quería evitar y el temor de encontrar gente en la farmacia. Mi benevolencia súbita por aquel boticario desconocido dominaba todos mis demás sentimientos. Me imaginaba a aquel hombre tan sensible como lo estaba yo en esos instantes funestos y, como me imaginaba también que sus oídos y su alma debían, como los míos, vibrar al menor ruido, resolví entrar en su farmacia de puntillas. “No podría —me dije— ser demasiado discreto en la casa de un hombre cuya caridad voy a alarmar”. Además, me prometí atenuar el sonido de mi voz así como el ruido de mis pasos. ¿Conoce usted la voz del hachís, grave, profunda, gutural, parecida a la de los antiguos fumadores de opio? El resultado fue opuesto del que quería obtener. Decidido a tranquilizar al farmacéutico, lo espanté. Nada sabía de esta enfermedad ni había oído nunca hablar de ella. No obstante, me miraba con una curiosidad mezclada en gran medida con la desconfianza. ¿Acaso me tomaba por un loco, un malhechor o un mendigo? Ni esto ni aquello, sin duda, pero todas esas ideas absurdas cruzaron por mi cerebro. Me vi obligado a explicarle largamente (¡qué fatiga!) lo que era el dulce de cáñamo y para qué servía, repitiéndole sin cesar que no había peligro alguno, que no existía para él motivo de alarma y que yo sólo pedía un medio de atenuación o de reacción e insistiendo frecuentemente en el sincero pesar que experimentaba al causarle semejante molestia. Por fin —y comprenda usted toda la humillación que contenían para mí esas palabras— me rogó simplemente que me retirara. Tal fue la recompensa de mi caridad y mi benevolencia exageradas. Fui a la reunión y no escandalicé a nadie. Nadie adivinó los sobrehumanos esfuerzos que me vi obligado a hacer para parecerme a todos. Pero nunca olvidaré las torturas de una embriaguez ultra-poética, preñada por el decoro y contrariada por el deber».