Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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«Yo había tomado —me dijo— una dosis moderada del extracto graso, y todo marchaba bien. La crisis de alegría enfermiza había durado poco tiempo y me hallaba en un estado de languidez y de asombro que era casi la dicha. Me prometía, en consecuencia, una velada tranquila y sin preocupaciones. Por desgracia, la casualidad me obligó a acompañar a alguien a un espectáculo. Tomé mi decisión valientemente, resuelto a disfrazar mi gran deseo de inmovilidad y de pereza. Todos los coches de mi barrio estaban reservados, por lo que tuve que resignarme a hacer un largo trayecto a pie, entre los ruidos discordantes de los vehículos, las conversaciones estúpidas de los transeúntes y todo un océano de trivialidades. Un ligero frescor se había puesto ya de manifiesto en las puntas de mis dedos; no tardó en transformarse en un frío muy vivo, como si hubiera hundido las dos manos en un cubo de agua helada. Pero no era un sufrimiento; esa sensación casi aguda me invadía más bien como un deleite. Sin embargo, me parecía que ese frío me penetraba cada vez más a medida que proseguía aquel viaje interminable. Pregunté dos o tres veces a la persona que acompañaba si hacía realmente mucho frío y me respondió que, al contrario, la temperatura era más que tibia. Llegado por fin a la sala, e instalado en el palco que me correspondía, con tres o cuatro horas de descanso por delante, creí que había llegado a la tierra prometida. Los sentimientos que había reprimido en el camino, con toda la escasa energía de que disponía, se interrumpieron de pronto y me entregué libremente a un frenesí callado. El frío aumentaba constantemente, a pesar de lo cual veía personas ligeramente vestidas o que se enjugaban la frente con aire de fatiga. Se me ocurrió la idea regocijante de ser un hombre privilegiado, el único a quien se le otorgaba el derecho de sentir frío en verano en una sala de espectáculos. Aquel frío aumentaba hasta hacerse alarmante, pero a mí me dominaba, ante todo, la curiosidad de saber hasta qué punto podría descender. Por fin llegó a tal punto, se hizo tan general y tan completo, que todas mis ideas se congelaron. Por así decirlo, yo era un trozo de hielo que pensaba y me consideraba una estatua tallada en un bloque de hielo y esa loca alucinación me causaba tal orgullo y tal bienestar moral, que me sería imposible definirlo. Lo que aumentaba mi goce abominable era la certidumbre de que todos los concurrentes ignoraban mi estado y la superioridad que tenía sobre ellos y, por añadidura, la dicha de pensar que mi compañero no había sospechado un solo instante qué raras sensaciones me poseían. Mi disimulo obtenía su recompensa y mi voluptuosidad excepcional era un secreto auténtico.


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