Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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»Por lo demás, apenas entré en el palco, impresionó mis ojos una sensación de tinieblas que creí vinculada de algún modo con la idea del frío. Es posible que esas dos ideas se hayan reforzado recíprocamente. Como sabe usted, el hachís invoca siempre magnificencias de luz, esplendores gloriosos, cascadas de oro líquido; cualquier luz le favorece, la que fluye como una napa y la que se prende como lentejuelas a las puntas y las asperezas, los candelabros de los salones, los cirios del mes de María, los rosados aludes de las puestas de sol. Al parecer, la araña miserable difundía una luz insuficiente para aquella sed de claridad insaciable; creí entrar, como he dicho, en un mundo de tinieblas que, además, se fueron adensando gradualmente mientras yo deliraba con el invierno eterno y la noche polar. En cuanto al escenario (era un escenario consagrado al género cómico), sólo él estaba iluminado, era infinitamente pequeño y se hallaba situado lejos, muy lejos, como en la punta de un inmenso estereoscopio. No diré que escuchaba a los comediantes, pues usted sabe que eso no es posible; de vez en cuando mi pensamiento enganchaba al pasar un fragmento de frase y, semejante a una hábil bailarina, lo utilizaba como un trampolín para saltar a fantasías muy remotas. Podría suponerse que un drama, oído de esta manera, carece de encadenamiento y de lógica; desengáñese usted: yo descubría un sentido muy sutil en el drama que mi distracción creaba. En él nada me chocaba y me parecía un poco al poeta que, viendo representar Esther por primera vez, encontraba muy natural que Aman hiciese una declaración amorosa a la reina. Era, como se adivina, el instante en que éste se arroja a los pies de Esther para implorar el perdón de sus crímenes. Si todos los dramas fuesen escuchados de este modo ganarían mucho en belleza, inclusive los de Racine.


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