Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Esta vez, para abreviar mi tarea y hacer más claro mi análisis, en lugar de reunir anécdotas dispersas, acumularé en un solo personaje ficticio un conjunto de observaciones. Necesito, pues, suponer un alma elegida por mÃ. De Quincey afirma con razón en sus Confesiones que el opio, en lugar de adormecer a quien lo toma, lo excita, pero sólo lo excita en su Ãndole natural, por lo que para juzgar las maravillas del opio serÃa absurdo referirlas a un vendedor de bueyes, pues éste soñará solamente con bueyes y con pasturas. Ahora bien, no he de describir las toscas fantasÃas de un criador de ganado embriagado con el hachÃs. ¿Quién las leerÃa con agrado? ¿Quién consentirÃa en leerlas? Para idealizar mi tema debo concentrar todos sus rayos en un cÃrculo único, debo polarizarlos, y ese cÃrculo trágico donde voy a reunirlos será, como ya he dicho, un alma elegida por mÃ, algo que se parece a lo que el siglo XVIII llamaba el hombre sensible, a lo que la escuela romántica llamaba el hombre incomprendido, y a lo que las familias y la masa burguesa infaman generalmente con el epÃteto de original.