Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Un temperamento a medias nervioso y a medias bilioso es el más favorable para las evoluciones de semejante embriaguez; agreguémosle una inteligencia cultivada, ejercitada en los estudios de la forma y del color, un corazón bondadoso, fatigado por la desdicha pero todavía capaz de remozamiento y, si así lo deseáis, llegaremos hasta admitir culpas antiguas y las consecuencias que puede tener eso en una naturaleza fácilmente excitable: si no remordimientos positivos, al menos el pesar por el tiempo perdido y profanado. La afición a la metafísica, el conocimiento de las diferentes hipótesis de la filosofía sobre el destino humano, no son, ciertamente, complementos inútiles; ni tampoco ese amor a la virtud abstracta, mística o estoica que exhiben todos los libros con los que se alimenta la infancia moderna como la cima más alta a la que puede ascender un alma esclarecida. Si a todo eso se añade una gran agudeza de los sentidos, que yo he omitido como una condición supererogatoria, creo que he acumulado los elementos generales más comunes del moderno hombre sensible, de lo que se podría denominar la forma trivial de la originalidad. Veamos ahora lo que llegará a ser esa individualidad llevada por el hachís hasta el extremo. Sigamos ese viaje de la fantasía humana hasta su estación terminal más espléndida, hasta la creencia del individuo en su propia divinidad.