Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Si sois una de esas almas, vuestro innato amor a la forma y los colores encontrará en seguida una pastura inmensa en las primeras evoluciones de vuestra embriaguez. Los colores adquirirán una energÃa insólita y entrarán en vuestro cerebro con una intensidad victoriosa. Delicadas, mediocres o inclusive malas, las pinturas de los techos se revestirán con una vida espantosa; los papeles pintados más groseros que tapizan las paredes de las posadas se tornarán en dioramas magnÃficos. Las ninfas de carnes resplandecientes os mirarán con grandes ojos más profundos y lÃmpidos que el firmamento y el agua; los personajes antiguos, arrebujados en sus ropajes sacerdotales o militares, intercambiarán con vosotros, en una simple mirada, confidencias solemnes. La sinuosidad de las lÃneas es un lenguaje definitivamente claro en el que podéis leer la agitación y los deseos de las almas. Entretanto se desarrolla ese estado misterioso y temporal de la mente en el que la profundidad de la existencia, erizada con sus múltiples problemas, se revela por completo en el espectáculo, que se tiene a la vista, por natural o por trivial que sea, y en el que el primer objeto percibido se convierte en sÃmbolo parlante. Fourier y Swedenborg, el uno con sus analogÃas y el otro con sus correspondencias, se han encarnado en el vegetal y el animal que observáis, y en lugar de enseñar con la voz, os adoctrinan con el color y la forma. La comprensión de la alegorÃa adquiere proporciones desconocidas para vosotros mismos; observemos de paso que la alegorÃa, ese género tan espiritual que los pintores inhábiles nos han acostumbrado a despreciar, pero que es verdaderamente una de las formas primitivas y más naturales de la poesÃa, recupera su dominio legÃtimo en la inteligencia iluminada por la embriaguez. El hachÃs, como un barniz mágico, cubre entonces toda la vida, la colora solemnemente e ilumina toda su profundidad. Paisajes escabrosos, horizontes que huyen, perspectivas de ciudades blanqueadas por la palidez cadavérica de la tormenta o iluminadas por los concentrados ardores del sol poniente; profundidad del espacio, imagen del tiempo; la danza, los ademanes o la declamación de los actores, si os halláis en un teatro; la primera frase que leéis si vuestros ojos se posan en un libro; en fin, toda la universalidad de los seres se yergue ante vosotros con una nueva aureola no sospechada hasta entonces. La gramática, la árida gramática misma, se convierte en una especie de hechicerÃa evocatoria; las palabras resucitan revestidas de carne y hueso: el sustantivo con su majestuosidad esencial, el adjetivo, ropaje transparente que lo viste y colora como un vidrio; y el verbo, palanqueta del movimiento que da impulso a la frase. La música, otro lenguaje amado por los perezosos o por los espÃritus profundos que buscan el descanso en la variedad del trabajo, os habla de vosotros y os relata el poema de vuestra vida: se incorpora a vosotros y os amalgamáis con ella. Habla de vuestra pasión, no de una manera vaga e imprecisa, como en vuestras veladas indolentes de una noche de ópera, sino de una manera circunstanciada y positiva, en la que cada movimiento del ritmo señala un movimiento conocido por vuestra alma, cada nota se transforma en palabra y el poema entero penetra en vuestro cerebro como un diccionario dotado con vida propia.