Paraisos artificiales
Paraisos artificiales No hay que creer que todos esos fenómenos se producen confusamente en la mente, con el tono chillón de la realidad y el desorden de la vida exterior. El ojo interior transforma todo y otorga a cada cosa el complemento de belleza que le falta para que sea realmente digna de complacer. A esta fase, esencialmente voluptuosa y sensual, hay que atribuir también el amor a las aguas límpidas, corrientes o estancadas, que se pone de manifiesto de manera tan sorprendente en la embriaguez cerebral de algunos artistas. Los espejos se convierten en un pretexto para ese arrobamiento parecido a una sed espiritual que se une a la sed material que seca la garganta y de la que ya he hablado; las aguas fugitivas, los juegos de agua, las cascadas armoniosas, la inmensidad azul del mar, ruedan, cantan y duermen con un encantamiento inexpresable. El agua se manifiesta como una maga auténtica, y aunque no creo mucho en las locuras furiosas causadas por el hachís, no afirmaría que la contemplación de un abismo límpido carecería por completo de peligro para un enamorado del cristal y el espacio, y que la vieja fábula de la Ondina no se podría convertir para el entusiasmado en una trágica realidad.