Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Creo haber hablado lo suficiente del aumento monstruoso del tiempo y del espacio, dos ideas siempre relacionadas, pero que la mente afronta entonces sin temor ni tristeza. Mira con cierta delicia melancólica a través de los años profundos y se sumerge audazmente en perspectivas infinitas. Supongo que se habrá adivinado que este aumento anormal y tiránico, se aplica por igual a todos los sentimientos y a todas las ideas: tanto a la benevolencia, de la que he citado, según creo, un ejemplo bastante bueno; como a la idea de belleza; y también al amor. La idea de belleza debe ocupar naturalmente un lugar muy extenso en un temperamento espiritual como el que yo he supuesto. La armonía, el equilibrio de las líneas, la euritmia en los movimientos, le parecen al soñador necesidades, deberes, no solamente para todos los seres de la creación, sino también para él mismo, el soñador, que se encuentra en ese período de la crisis dotado de una aptitud maravillosa para comprender el ritmo universal e inmortal. Y si nuestro fanático carece de belleza personal, no creáis que le hará sufrir largo tiempo la confesión a que se ve obligado, ni que se considere como una nota discordante en el mundo de armonía y belleza improvisado por su imaginación. Los sofismas del hachís son numerosos y admirables, y tienden, generalmente, al optimismo. Uno de los principales, acaso el más eficaz, es el que transforma en realidad el deseo. Lo mismo ocurre, sin duda, en muchos casos de la vida ordinaria, ¡pero con cuánto más ardor y sutileza! Por lo demás, ¿cómo podría un ser tan bien dotado para comprender la armonía, una especie de sacerdote de la Belleza, constituir una excepción y una mácula en su propia teoría? La belleza moral y su potencia, la gracia y sus seducciones, la elocuencia y sus proezas, todas esas ideas no tardan en presentarse como los correctivos de una fealdad indiscreta, luego como consoladoras y, en fin, como perfectas aduladoras de un cetro imaginario.