Paraisos artificiales
Paraisos artificiales En cuanto al amor, he oído a muchas personas animadas por una curiosidad de escolar que trataban de informarse al respecto por intermedio de otras ya familiarizadas con la droga. ¿Qué puede ser esa embriaguez de amor, ya en su estado natural tan potente, cuando se halla incluida en la otra embriaguez como un sol dentro del sol? Tal es la pregunta que se formularán muchas personas a las que yo llamaría los pazguatos del mundo intelectual. Para responder a un supuesto deshonesto, a esa parte de la pregunta que no se atreve a expresarse, remitiré al lector a Plinio, quien se refirió en alguna parte a las propiedades del cáñamo, de manera que disipa muchas ilusiones al respecto. Se sabe, además, que la atonía es el resultado más corriente del abuso que los hombres hacen de sus nervios y de las sustancias adecuadas para excitarlos. Ahora bien, como aquí no se trata de una facultad afectiva, sino de emoción o susceptibilidad, rogaré sencillamente al lector que considere que la imaginación de un hombre nervioso, embriagado con el hachís, es llevada hasta un grado prodigioso tan poco determinable como la posible fuerza extrema del viento en un huracán, y sus sentidos se sutilizan hasta un punto casi igualmente difícil de definir. Se puede creer, por consiguiente, que una ligera caricia, la más inocente de todas, un apretón de manos, por ejemplo, puede adquirir un valor centuplicado por el estado actual del alma y los sentidos y tal vez conducirlos, muy rápidamente, hasta ese síncope al que los mortales vulgares consideran el summum de la dicha. Pero no cabe duda de que el hachís despierta en una imaginación ocupada a menudo por visiones de amor, recuerdos afectuosos a los que el sufrimiento y la desdicha pueden dar, inclusive, un brillo nuevo. No es menos cierto que con esas agitaciones de la mente se entremezcla una dosis de sensualidad bastante grande; no es inútil advertir, por otra parte, y esto bastaría para testimoniar la inmoralidad del hachís, que una secta de ismaelitas (y de los ismaelitas salieron los Asesinos) desviaba su culto hasta alejarlo mucho del Lingam imparcial, es decir, hasta el culto absoluto y exclusivo de la mitad femenina del símbolo. Sería muy natural, pues cada hombre representa a la historia, que surgiera una herejía obscena, una religión monstruosa, en quien se han entregado cobardemente a merced de una droga infernal y se complace en dilapidar sus propias facultades.