Poemas en prosa
Poemas en prosa Era bastarda de prÃncipe. Guapa, no hay que decirlo. Si no, ¿me hubiera acercado a ella? Pero echaba a perder esa gran cualidad con una ambición indecorosa y deforme. ¡Era mujer que gustaba de echárselas de hombre! «¡Usted no es hombre! ¡Ah, si yo fuera hombre! ¡Entre nosotros dos, yo soy el hombre!». Tales eran los estribillos insoportables que salÃan de aquella boca, cuando yo hubiese querido que sólo echase a volar canciones. A propósito de un libro, de una poesÃa, de una ópera, cuando se me escapaba mi admiración: «¿Cree que eso está muy bien? —decÃa al punto—. ¿Usted qué sabe de lo que es estar bien?» —y empezaba a argüir.
Un dÃa se dedicó a la quÃmica; de tal modo, que entre mi boca y la suya encontré en adelante una mascarilla de cristal. Y, con todo ello, muy gazmoña. Si la atropellaba alguna vez con ademán amoroso en demasÃa, le entraba la convulsión como a una sensitiva violada…
—Y ¿cómo acabó aquello? —dijo uno de los otros—. No le creà con tanta paciencia.
—Dios —prosiguió él— trajo el remedio para la enfermedad. Un dÃa me encontré a aquella Minerva, hambrienta de vigor ideal, de palique con un criado, y en situación que me obligaba a retirarme discretamente para que no se ruborizasen. Por la noche los despedà a los dos, pagándoles lo devengado de su salario.