Poemas en prosa

Poemas en prosa

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—Pues yo —dijo entonces el interruptor— sólo de mí puedo quejarme. La felicidad se vino a vivir a mi casa y yo no la reconocí. El Destino, en estos últimos tiempos, me había otorgado el goce de una mujer que era la más suave, la más sumisa, la más abnegada criatura. ¡Siempre a punto! ¡Y sin entusiasmo! «Quiero, ya que le gusta» —solía ser su respuesta—. Si dierais de palos a esa pared o este sofá, más suspiros sacaríais de ellos que los transportes del más insensato amor sacaban del seno de mi querida. Después de un año de vida común, me confesó que no había gozado nunca. Me dio repugnancia aquel duelo desigual, y la muchacha incomparable se casó. Más tarde me dio la ocurrencia de verla, y enseñándome seis hermosos niños, me dijo: «Pues bueno, querido amigo, la esposa es aún tan virgen como lo fue su querida». Nada había cambiado en aquella persona. A veces la echo de menos: hubiera debido casarme con ella.

Echáronse a reír los demás, y un tercero dijo a su vez:






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