Poemas en prosa
Poemas en prosa —Yo, señores, he conocido placeres que quizá vosotros habéis desdeñado. Quiero hablar de lo cómico en el amor, de un carácter cómico que no excluye la admiración. Yo admiré más a mi última querida, me parece, de lo que vosotros hayáis podido aborrecer o amar a las vuestras. Y todos la admiraban lo mismo que yo. Cuando entrábamos en un restaurante, al cabo de pocos minutos todos se olvidaban de comer para contemplarla. Hasta los mozos y la señorita del mostrador sentían aquel éxtasis contagioso que los llevaba a descuidar sus obligaciones. En suma: que viví algún tiempo mano a mano con un fenómeno vivo. Comía, mascaba, molía, devoraba, tragaba, pero con el porte más ligero y despreocupado del mundo. Así me tuvo por mucho tiempo en éxtasis. Poseía una manera dulce, soñadora, inglesa y novelesca de decir: «¡Tengo hambre!», y lo repetía día y noche, enseñando los más lindos dientes, que os hubiesen enternecido y regocijado a la vez. Hubiera yo podido hacer fortuna enseñándola por las ferias como monstruo polífago. La alimentaba bien, y, sin embargo, me abandonó.
—¿Por un contratista de víveres, sin duda?
—Algo por el estilo: una especie de empleado de intendencia que, con cierta varita de virtudes que él poseía, dio tal vez a la pobre criatura la ración de varios soldados. Tal supuse yo por lo menos.