Poemas en prosa
Poemas en prosa La señorita BisturÃ
Cuando llegaba yo al extremo del arrabal, a los destellos del gas sentà que un brazo se escurrÃa suavemente por debajo del mÃo, y oà una voz que al oÃdo me decÃa:
—Es usted médico, ¿verdad?
Miré; era una chica alta, robusta, de ojos muy abiertos, con ligero afeite; sus cabellos flotaban al viento, como las cintas de su gorra.
—No, no soy médico. Déjeme pasar.
—SÃ. Usted es médico. Se lo conozco. Venga a mi casa. Quedará contento de mÃ. ¡Ande!
—SÃ, sÃ; ya iré a verla, pero más tarde, después del médico. ¡Qué diablo!…
—¡Ah, ah! —lanzó, sin soltar mi brazo, con una carcajada—. Es usted un médico bromista; he conocido varios por el estilo. Venga.
Me gusta con pasión el misterio, porque siempre tuve la esperanza de aclararlo. AsÃ, pues, me dejé arrastrar por la compañera, o más bien, por aquel enigma inesperado.
Omito la descripción del tugurio; la podrÃan encontrar en varios conocidÃsimos poetas franceses. Sólo —detalle que no advirtió Regnier— dos o tres retratos de doctores célebres estaban colgados de la pared.
