Poemas en prosa

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XLVII

La señorita Bisturí

Cuando llegaba yo al extremo del arrabal, a los destellos del gas sentí que un brazo se escurría suavemente por debajo del mío, y oí una voz que al oído me decía:

—Es usted médico, ¿verdad?

Miré; era una chica alta, robusta, de ojos muy abiertos, con ligero afeite; sus cabellos flotaban al viento, como las cintas de su gorra.

—No, no soy médico. Déjeme pasar.

—Sí. Usted es médico. Se lo conozco. Venga a mi casa. Quedará contento de mí. ¡Ande!

—Sí, sí; ya iré a verla, pero más tarde, después del médico. ¡Qué diablo!…

—¡Ah, ah! —lanzó, sin soltar mi brazo, con una carcajada—. Es usted un médico bromista; he conocido varios por el estilo. Venga.

Me gusta con pasión el misterio, porque siempre tuve la esperanza de aclararlo. Así, pues, me dejé arrastrar por la compañera, o más bien, por aquel enigma inesperado.

Omito la descripción del tugurio; la podrían encontrar en varios conocidísimos poetas franceses. Sólo —detalle que no advirtió Regnier— dos o tres retratos de doctores célebres estaban colgados de la pared.


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