Desembalo mi biblioteca
Desembalo mi biblioteca Yo mismo he verificado la legitimidad de tal actitud, realizando una prueba en sentido contrario. Durante años —tal vez durante gran parte del primer tercio de su existencia—, mi biblioteca no consistió en más de dos o tres estantes, que no crecÃan más de unos escasos centÃmetros por año. Fue su época espartana, pues ningún libro tenÃa derecho a entrar allà antes de que yo le hubiera pedido su santo y seña, antes de que lo hubiera leÃdo. Y nunca habrÃa llegado tal vez a constituir lo que se puede llamar, hablando con propiedad, una biblioteca, sin la inflación que de golpe trastocó la importancia otorgada a las cosas, convirtiendo los libros en valores reales o, al menos, en bienes difÃcilmente accesibles. AsÃ, en todo caso, se percibÃa la situación en Suiza. Y fue allÃ, efectiva mente, donde, en el último momento, hice mis primeros encargos realmente importantes de libros, y puse también a salvo cosas tan irreemplazables como El caballero azul o La leyenda de Tanaquil, de Bachofen, que por aquel entonces todavÃa se podÃan encontrar en la editorial.