Desembalo mi biblioteca
Desembalo mi biblioteca Entre todas las formas de procurarse libros, la más gloriosa, se piensa, es la de escribirlos uno mismo. Muchos de ustedes recordarán con simpatÃa la inmensa biblioteca que, en su pobreza, reunió con el tiempo el maestro de escuela Wuz, en Jean Paul, escribiendo él mismo, ante la imposibilidad de comprarlas, todas las obras cuyos tÃtulos le interesaban en los catálogos de feria. Los escritores son, efectivamente, personas que escriben libros no por pobreza, sino por insatisfacción con los libros que podrÃan comprar pero que no les complacen. Tal vez tomen ustedes esto, señoras y señores, por una definición descabellada del escritor; pero todo lo que se dice es descabellado desde el punto de vista de un coleccionista auténtico. Entre los modos de adquisición más corrientes, el que mejor conviene a los coleccionistas será el préstamo no seguido de devolución. Quien pide prestados libros en cantidad, tal como lo consideramos aquÃ, se revela como un coleccionista inveterado, no sólo por el ardor con el que vela el teso ro acumulado de este modo, haciendo oÃdos sordos a todas las admoniciones judiciales, sino también, y sobre todo, por el hecho de que tampoco lee los libros. Si quieren creer en mi experiencia, son más los casos en los que se me ha devuelto un libro prestado sin leerlo, que aquellos en los que se ha leÃdo. ¿Será entonces ésa —se preguntarán ustedes— la marca propia de los coleccionistas? ¡No leer! Esto sà que es nuevo. Bien, pues no. Los expertos les confirmarán que es, al contrario, algo muy antiguo, y me limitaré a citar la respuesta que Anatole France, por su parte, tenÃa reservada y dispuesta para cuando algún individuo corto de miras, tras admirar su biblioteca, le soltase finalmente la pregunta inevitable: «¿Y usted ha leÃdo todo eso, señor France?». «No, ni la décima parte. ¿O es que tal vez usted cenarÃa todos los dÃas con su vajilla de Sèvres?».