Diario de Moscu

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9 de diciembre

Asja vino nuevamente por la mañana. Le di algunas cosas y luego salimos a caminar. Asja habló de mí. Al llegar al Liverpool, dimos la vuelta y yo me fui a casa, donde ya Reich esperaba por mí. Ambos trabajamos durante una hora (yo estaba escribiendo el artículo sobre Goethe). Luego nos fuimos al Instituto Kameneva para gestionar una reducción en la tarifa de mi habitación. Desde ahí nos fuimos a almorzar, pero esta vez no fuimos a la VAPP. La comida estaba deliciosa, especialmente la sopa de repollo colorado. Después, partimos rumbo al hotel Liverpool a encontrarnos con su amable propietario, originario de Letonia. Hacía doce grados (centígrados) de temperatura. El almuerzo me había dejado bastante cansado, por lo cual no pude ir caminando a lo de Lelevich, tal como había planeado. Tuvimos que hacer un pequeño trayecto en coche. Pasamos por un parque enorme, a través del cual se alzan varios complejos de vivienda. Hacia el final del parque se encontraba una hermosa casa de madera blanca y negra, en cuya segunda planta se hallaba el departamento de Lelevich. Cuando estábamos entrando nos topamos con Bezymensky[23], que se estaba yendo. Una empinada escalera de madera terminaba en una puerta que daba a la cocina, que contaba con una chimenea. Luego, un vestíbulo muy sencillo, lleno de abrigos. Después cruzamos una habitación, al parecer una alcoba, para llegar hasta el estudio de Lelevich. Me cuesta describir su apariencia: bastante alto, llevaba puesta una túnica rusa azul, hombre de pocos movimientos (parecía que la pequeñez del estudio, atestado de gente, lo mantenía pegado a su silla, en el escritorio). Lo que llama más la atención al verlo es su larguísima cara, como desarticulada, de facciones anchísimas. Su pera es la más larga que alguna vez haya visto, descontando la del inválido Grommer[24], y está apenas hundida.


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