Diario de Moscu

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Pasajes. Tienen la indigna característica de acumular varios pisos y galerías altas que suelen estar tan vacías como las de las catedrales. El gran taller de calzado de fieltro por el que se pasean los campesinos y las señoras de buen pasar muestra las botas ajustadas como si se tratara de una prenda íntima, con todo el embarazoso detallismo del corsé. Las valenki (botas de fieltro) son la ropa de gala de los pies. Algo más sobre las iglesias: en general parecen descuidadas; tan vacías y frías como encontré el interior de la Catedral de San Basilio cuando la visité. Pero el resplandor de la nieve que sólo aparece esporádicamente en algún que otro altar se conservó bien en el vecindario de cabañas de madera. En sus callejones angostos, cubiertos de nieve, reina el silencio; sólo se escucha la suave jerga de los comerciantes de telas judíos, que tienen allí su puesto junto a la vendedora de papel. Esta última aparece tapada por cajas plateadas y con el rostro cubierto por el espumillón y las figuritas de Papá Noel del mismo modo que una oriental se cubre con el velo. Descubrí que la mayoría de los puestos más lindos quedan sobre la plaza Arbatskaya. Hace algunos días, conversaba con Reich acerca del periodismo. Kisch[43] le había revelado algunas de sus reglas de oro, a las cuales yo agregué otras de mi propiedad. 1) Un artículo debe incluir tantos nombres como sea posible. 2) La primera oración y la última tienen que ser buenas; lo del medio no importa. 3) Utilizar la imagen que proyecta un nombre para describir lo que lo representa como realmente es. Me gustaría redactar con Reich el programa de una enciclopedia materialista, sobre la que él tiene unas ideas magníficas. Asja vino pasadas las siete. (Pero Reich nos acompañó al teatro). Daban Los días de los Turbin, de Stanislavsky. Los decorados, de estilo naturalista, eran extraordinariamente buenos; la interpretación, sin fallos ni méritos dignos de mención; la obra de Bulgakov, una provocación totalmente repugnante. Sobre todo el último acto, en el cual la Guardia Blanca «se convierte» al bolchevismo, es tan insulso en lo que se refiere al argumento dramático como falaz en cuanto a la idea. La oposición de los comunistas a la representación está bien justificada. La cuestión de si este último acto fue añadido a instancias de la junta de censores, como sospecha Reich, o si existía originariamente, no es relevante para la valoración de la obra. (El público se diferenciaba notablemente del que pude ver en los otros dos teatros. Se puede decir que no había allí ningún comunista; en ninguna parte podía verse ninguna túnica negra o azul). Nuestras butacas estaban separadas y sólo me senté junto a Asja durante el primer cuadro. Después se sentó Reich a mi lado: dijo que traducir era algo demasiado cansador para ella.


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