Diario de Moscu

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La encargada de vigilar esta habitación es una mujer gorda con aspecto de campesina: me hubiese gustado oír cómo explicaba estas imágenes a unos proletarios que se encontraban en la sala. Antes di un breve paseo por unos pasajes a los que aquí llaman «líneas comerciales superiores». Traté, sin éxito, de comprar unas figuras muy interesantes, unos jinetes de colores brillantes hechos de arcilla, que había visto en la vidriera de una juguetería. Me tomé el tranvía para ir a almorzar. El trayecto me llevó por las orillas del Moscova, pasando por la Catedral del Salvador hasta cruzar la Plaza Arbatskaya. Allí volvería al caer la tarde, anduve entre las hileras de puestos de madera; luego bajé por la calle Frunze hasta llegar al Ministerio de Defensa, que se alza muy elegante, y terminé perdiéndome. Volví a casa en tranvía. Reich quería ir él solo a ver a Asja. Por la noche fuimos a casa de Pansky, sobre una capa de hielo recién caída. Nos tropezamos con él en la puerta de su casa, estaba a punto de irse al teatro con su mujer. Para tratar de arreglar el malentendido nos pidió que fuésemos a verlo a su oficina en unos días. Entonces podríamos aclarar el incidente. A continuación, nos dirigimos a la casa grande de la Plaza Strasnoy, a buscar a un conocido de Reich. En el ascensor nos encontramos con su mujer, que nos dice que su marido está en una reunión. Pero dado que en esa misma casa, una especie de casa de huéspedes gigantesca, vive la madre de Sofía[44], decidimos pasar a saludar. Al igual que todas las demás habitaciones que me tocó ver hasta el momento (en casa de Granovsky, de Illés), también se trataba de una pieza con pocos muebles. Su aspecto lúgubre, de pequeño burgués, luce aún más deprimente por lo poco amueblada que está. La plenitud es un factor esencial para el pequeño burgués: las paredes deben tener cuadros colgando de ellas, el sofá debe contar con almohadones; los almohadones, funda; los aparadores, llenos de adornos; las ventanas, con cristales de colores. Y aquí sólo se conservan, indiscriminadamente, unos u otros. Si la gente se las arregla para vivir en lugares que parecen hospitales después de una inspección es porque su estilo de vida actual los despojó de cualquier posibilidad de existencia doméstica. En realidad viven en la oficina, en el club, en la calle. Basta con dar el primer paso en el interior de esta habitación para reconocer que la asombrosa estrechez, la terquedad de Sofía es legado de esta familia, de la que se ha emancipado, aunque no desprendido en su totalidad. En el camino de regreso, Reich me cuenta la historia de la familia. Sofía es hermana del general Krylenko, quien primeramente peleó del lado bolchevique, rindiendo servicios inestimables a la Revolución. Dadas sus dotes políticas limitadísimas, posteriormente le dieron el puesto representativo de Fiscal Superior del Estado. (Él fue también querellante en el caso Kindermann[45]). Parece ser que la madre también forma parte de alguna organización. Debe de tener unos setenta años y aún muestra signos de energía considerables. Ahora los hijos de Sofía han de sufrir su tutelaje, acostumbrados al trajín de ir y volver de las manos de su abuela a las de su tía. Hace ya años que no ven a su madre. Los dos son fruto de su primer matrimonio con un aristócrata que en la guerra civil estuvo del lado de los bolcheviques y murió. Cuando llegamos estaba allí la hija menor. Es bellísima, segura de sí misma y de movimientos elegantes. Parece muy introvertida. Acababa de llegar una carta de su madre y estaba discutiendo con su abuela por haberla abierto, pese a que no estaba a su nombre. Sofía cuenta que no le permiten prolongar su estadía en Alemania. Su familia parece haberse enterado de su trabajo clandestino; es una calamidad, y su madre está visiblemente disgustada. Desde la habitación se tiene una vista magnífica de la gran hilera de luces sobre el bulevar Tverskoi.


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