Diario de Moscu
Diario de Moscu Estaba escribiendo el diario y ya no creía que Asja fuera a venir. Fue entonces que llamó a la puerta. Ni bien entró, intenté besarla. Como de costumbre, no lo logré. Saqué la postal que había empezado a escribirle a Bloch y se la di para que le agregara unas palabras[46]. Nuevo intento en vano de darle un beso. Leí lo que había escrito. A su pregunta respondí: «Mejor que cuando me escribes a mí». Y, ante tal «impertinencia», por fin me besó, e incluso me abrazó al hacerlo. Cogimos un trineo en dirección a la ciudad y entramos en numerosas tiendas sobre la Petrovka, tratando de elegir la tela para su vestido, para su uniforme. Así es como lo llamo yo, ya que insiste en que su nuevo vestido tendrá exactamente el mismo corte que aquel de París. Entramos primero en unos almacenes estatales; en la mitad superior de sus paredes se podían ver cuadros de figuras de cartón envalentonando a los obreros y a los campesinos a que se unieran. La forma de representarlo tenía ese gusto empalagoso tan extendido aquí: la hoz y el martillo, la rueda dentada y otras herramientas, todas reproducidas en un absurdo cartón aterciopelado. En aquella tienda sólo había artículos para campesinos y proletarios. En los últimos tiempos, con el «régimen económico», es lo único que producen las fábricas estatales[47]. Hay largas colas de clientes esperando para pagar. Otras tiendas, que están vacías, sólo venden tejidos a cambio de bonos o, en venta libre, a precios exorbitantes. Asja me ayuda a comprarle una muñequita, una vanka-vstanka[48], a un vendedor ambulante, para Daga, aunque aproveché la oportunidad para comprarme yo también una. A otro vendedor le compramos una paloma de cristal para el árbol de navidad. No puedo decir que Asja y yo hablamos demasiado en todo el trayecto. Más tarde fuimos con Reich al despacho de Pansky. Él nos había hecho creer que nos citaba pensando en nuestra visita con propósitos oficiales. Como ya me encontraba allí, aprovechó para indicarme la dirección de una sala cinematográfica en la que estaban mostrándoles películas a dos periodistas norteamericanos. Desgraciadamente, cuando logré llegar allí, después de una infinidad de preliminares, estaba terminando la proyección del Potemkin[49]: sólo pude ver el último acto. Luego pusieron «Conforme a la ley», película basada en un relato de London[50]. El estreno, que había tenido lugar en Moscú unos días antes, había sido un fracaso. Técnicamente, la película es buena; su director, Kuleshov, tiene excelente reputación. Pero el argumento presenta tantos hechos ridículos que la historia cae en el absurdo total. Se cree que la tendencia anarquista de esta película apuntaba contra el derecho en general. Al final de la proyección, el propio Pansky subió a la sala para conducirme de regreso a su despacho. La conversación se hubiera prolongado todavía más de no haber temido yo perder la posibilidad de ver a Asja. De todas maneras, ya se había hecho tarde para almorzar. Cuando llegué al sanatorio, Asja ya había salido. Me fui a casa, enseguida llegó también Reich y apenas después, Asja. Habían comprado algunos regalos para Daga. Estuvimos hablando en mi habitación acerca del piano como mueble, que en la concepción pequeño burguesa del hogar constituye el verdadero centro dinámico de las miserias y de las catástrofes reinantes en la casa. Asja se sentía electrizada por esta idea; quería escribir conmigo un artículo acerca de ello, y que luego Reich lo adaptara en plan de sketch dramático. Asja y yo nos quedamos unos minutos a solas. Lo único que recuerdo fue haberle dicho: «preferentemente, para siempre», y ella rió tan fuerte que me hizo dar cuenta de que lo había comprendido. Por la noche, Reich me llevó a un restaurante vegetariano cuyas paredes estaban cubiertas de inscripciones propagandísticas. «Dios no existe - La religión es un invento - No hubo Creación», etc. Reich no fue capaz de traducirme varias de las referencias a El Capital. Luego, ya en casa, logré por fin hablar por teléfono con Roth[51] por mediación de Reich. Me dijo que dejaría la ciudad la tarde siguiente y, después de pensarlo un momento, no me quedó otro remedio que aceptar su invitación para cenar a las once y media en su hotel. De lo contrario, difícilmente hubiera tenido otra oportunidad de hablar con él. Cerca de las doce menos cuarto me subí a un trineo, exhausto: Reich me había estado leyendo sus trabajos durante toda la noche. Su ensayo sobre el humanismo, el cual reconoce que está en la primera etapa de escritura, descansa en el fértil planteamiento de cómo la intelectualidad francesa, responsable de la gran Revolución, pudo desarmarse tan rápido para convertirse en instrumento de la burguesía. A lo largo de la conversación sobre esta cuestión se me ocurrió la idea de que la historia de los «intelectuales» debería ser planteada desde el punto de vista materialista de un modo funcional, relacionándola estrechamente con una «historia de la incultura». Sus comienzos se sitúan en la Edad Moderna, punto en el cual las formas medievales de poder dejan de ser simultáneamente las formas de educación de los sectores dominados, independientemente de las características de éstos (sean religiosos o no). El cuius regio, eius religio termina con la autoridad espiritual de las formas seculares de poder. Una historia de la incultura enseñaría la manera en la cual, con el correr de los siglos, la energía revolucionaria tiene sus orígenes en la religiosidad de las clases incultas, y la «intelectualidad» se descubriría entonces más como una vanguardia de la «incultura» que como un ejército de desertores de la burguesía. El viaje en trineo me despejó bastante. Roth ya estaba sentado en el espacioso comedor. Con su orquesta estridente, con dos palmeras gigantes cuya altura alcanza la mitad de la distancia al techo, con barras y buffets de colores brillantes, y con mesas dispuestas de una forma sobria y elegante, el lugar recibe a sus huéspedes como si se tratase de un hotel europeo de lujo que fue transplantado hasta aquí. Tomé vodka por primera vez en Rusia; comimos caviar, carne fría y compota. Si repaso toda la velada, la impresión que Roth me deja no es tan positiva como la que me causó en París. O puede ser —y esto es lo más probable— que en París yo ya me percatase de estas mismas cosas, las mantuviese ocultas involuntariamente y que ahora salgan a la luz con una facilidad notoria. Proseguimos la charla de la cena en su habitación, en donde se tornó más intensa. Comenzó leyéndome un largo artículo sobre el sistema educativo ruso[52]. Observé la habitación; sobre la mesa aún estaban los restos de lo que aparentaba haber sido una merienda abundante, que había debido de contar con al menos tres personas. Parece que Roth vive a lo grande; la habitación del hotel —de una apariencia tan europea como la del restaurante— ha de ser muy costosa, al igual que el viaje que lo llevó hasta Siberia, el Cáucaso y Crimea en busca de material para una crónica. Durante la conversación que siguió a su lectura lo insté a que pusiera las cartas sobre la mesa. Su opinión se puede resumir en una sola frase: llegó a Rusia como bolchevique (casi) convencido y la deja como realista. Como suele ocurrir, el país aparece siempre como responsable del cambio de color ideológico de aquellos que llegan aquí como políticos brillantes y de tintes rojizos (llevando la bandera de una oposición «de izquierda» y de un optimismo estúpido). Su rostro aparece recorrido por numerosas arrugas y tiene el aspecto desagradable de un fisgón. De esto me di cuenta después, cuando volví a encontrármelo en el Instituto Kameneva (había tenido que aplazar su partida). Acepté su invitación de volver en trineo, y llegué al hotel cerca de las dos. Hay pequeños destellos de vida nocturna en las calles, frente al gran hotel y delante de un café, en la calle Tverskaya. El frío es tan crudo en estos lugares que obliga a la gente a amucharse para combatirlo.
