Diario de Moscu
Diario de Moscu Asja vino de visita por la mañana. Reich ya se había ido. Fuimos a comprar la tela después de haber cambiado plata en el Gosbank. Todavía estábamos en mi habitación cuando le mencioné a Asja su pésimo humor del día anterior. Las cosas anduvieron bien esta mañana, tanto como podía esperarse. La tela era muy cara. En el camino de regreso, divisamos a un equipo de filmación. Asja opinaba que habría que describir este fenómeno: la gente pierde enseguida la cabeza y se pasa horas siguiendo al equipo de filmación; luego llegan aturdidos a su trabajo sin poder explicar dónde han estado. Uno se da cuenta cuán ciertas son las palabras de Asja al comprobar que para que una reunión finalmente se lleve a cabo, tuvo que haberse cancelado varias veces. Nada sucede como se había planificado. (Este dato trivial sobre las complicaciones cotidianas se confirma con una certeza implacable en todo momento de forma tal que uno comprende con facilidad el fatalismo que caracteriza a los rusos). Por paulatinos que sean, los progresos de la civilización en cuanto a organización colectiva no harán sino complicar aún más al individuo. Uno correrá mejor suerte en una casa con velas que en una con luces eléctricas que no funcionan debido a las constantes fallas del sistema eléctrico. También hay aquí gente que no se preocupa por las palabras y aceptan las cosas tal como son: por ejemplo, los niños que se abrochan los patines en la calle. Los peligros de viajar en tranvía. A través de los vidrios helados, uno nunca es capaz de distinguir dónde se encuentra. Y, en el caso de hacerlo, encontrará cerrado el camino hacia la salida por una masa de gente apretujada. Dado que hay que subir por detrás y bajarse por adelante, uno ha de abrirse paso a través de la multitud, dependiendo de la suerte y del uso desconsiderado de la fuerza para poder descender del coche con éxito. Por otra parte, hay otros aspectos positivos aquí que en Europa Occidental no se conocen. Los mercados estatales están abiertos hasta las once de la noche, y las porterías de los edificios hasta medianoche, o incluso más tarde. Hay demasiados inquilinos y subinquilinos como para poderles darles una llave de la casa a cada uno. Se ha observado que los peatones caminan en zig-zag. Esto sucede porque las veredas tan estrechas se ven superadas por la cantidad de gente que en ellas transita. No se han visto veredas tan angostas como las de aquí (y las de Nápoles). Este tipo de veredas le da a Moscú un aire de ciudad provinciana o, mejor aún, la impresión de que se trata de una metrópolis improvisada que cayó en su sitio actual de la noche a la mañana. Compramos una tela marrón muy buena. Yo me fui después al Instituto a pedir un pase para el Meyerhold. Allí me encontré a Roth. Después de comer estuve jugando al ajedrez con Reich en el Dom Herzena. Se nos acercó Kogan con el periodista. Inventé algo como que pensaba escribir un libro sobre el arte bajo las dictaduras: el arte italiano durante el régimen fascista, el arte ruso bajo la dictadura del proletariado. Hablé también de los libros de Scheerbart y de Emil Ludwig[54]. Reich se quedó muy disgustado con la entrevista y me explicó que, hundiéndome en discusiones teóricas innecesarias, me exponía peligrosamente a un posible ataque. Hasta ahora no han publicado la entrevista (escribo esto el día 21); habrá que esperar las posibles reacciones. Asja no se encontraba bien. En la habitación vecina a la suya habían ingresado a una paciente que se volvió loca a consecuencia de una meningitis cerebroespinal, y a quien ella ya conocía del hospital. Por la noche, Asja organizó una protesta con las otras mujeres, logrando que se llevaran a esa enferma de allí. Reich me llevó al teatro Meyerhold, donde me encontré con Fanny Elovaya[55]. Pero el Instituto no mantiene buenas relaciones con Meyerhold: por tanto el llamado telefónico que facilitaría mis tickets jamás existió. Tras una breve parada en mi hotel fuimos al barrio de la Krasnaya Vorota («Puerta roja») a ver una película que, según me había dicho Pansky, habría de superar el éxito del Potemkin. No quedaban entradas. Compramos para la función siguiente y nos fuimos a tomar un té al departamento de Elovaya, cerca de donde estábamos. La habitación era tan vacía como todas las que llevo vistas aquí. De una de las paredes grises cuelga una gran fotografía que muestra a Lenin leyendo el Pravda. Había algunos libros en un estante angosto; en la pared divisora, junto a la puerta, dos cestas de mimbre, y junto a las dos paredes mayores, una cama enfrentada con una mesa y dos sillas. El rato que pasé allí, con una taza de té y un pedazo de pan, fue lo mejor de la noche. La película resultó ser un bodrio insoportable, y la pasaron a tal velocidad, que no se podía ver ni entender nada. Nos fuimos antes de que terminara. El regreso en tranvía fue como un episodio de los tiempos de inflación. En mi habitación encontré a Reich, que volvió a pasar la noche allí.
