Diario de Moscu
Diario de Moscu Escribo el dÃa 23 y ya no recuerdo nada de la mañana. En vez de escribir acerca de ello, lo haré sobre Asja y nuestra relación, a pesar de que Reich está sentado a mi lado. Me encuentro enfrentando una fortaleza casi inexpugnable. Me digo, no obstante, que mi sola aparición frente a esta fortaleza que es Moscú ya constituye un primer éxito. Pero lograr alguna otra victoria importante me parece algo de una dificultad casi insuperable. Los evidentes éxitos logrados por Reich, uno tras otro, después de seis meses sumamente difÃciles, a lo largo de los cuales, sin dominar la lengua, ha pasado frÃo y tal vez incluso hambre, hacen que tenga una posición muy fuerte. Esta mañana me contó que después de medio año tiene esperanzas de obtener un empleo. Aunque con menos pasión, se acomoda más fácilmente que Asja a la situación laboral de Moscú. En los primeros tiempos, después de llegar de Riga, Asja pensó incluso en regresar a Europa de inmediato: no tenÃa esperanza alguna de encontrar trabajo aquÃ. Cuando por fin lo consiguió, y después de trabajar algunas semanas en una guarderÃa, la enfermedad la hizo dimitir, y de no ser porque uno o dos dÃas antes habÃa obtenido el ingreso al sindicato, se habrÃa quedado sin atención médica y tal vez habrÃa muerto. No hay duda de que aún sigue sintiéndose atraÃda por Europa Occidental. Y no se trata únicamente del deseo de viajar, de visitar ciudades desconocidas o del encanto de una bohemia mundana: es también por la influencia del desarrollo liberador que sus ideas han experimentado en Europa Occidental, sobre todo en su trato con Reich y conmigo. Como decÃa hace poco Reich, es casi misterioso cómo Asja pudo llegar aquà en Rusia a planteamientos tan lúcidos como los que ya estaba desarrollando en Europa Occidental. En cuanto a mÃ, Moscú es toda una fortaleza: el clima, durÃsimo, que, por muy sano que me resulte, me afecta en demasÃa; el desconocimiento del idioma; la presencia de Reich y la forma de vida tan limitada de Asja son unos cuantos bastiones. Y es sólo esa imposibilidad total de avanzar, sólo la enfermedad de Asja —o por lo menos su debilidad, que relega a un segundo plano nuestras cuestiones personales— lo que hace que toda esta situación no me deprima por completo. En qué medida podré alcanzar el objetivo secundario de mi viaje —escapar de la mortal melancolÃa navideña— es algo que aún está por verse. El que me mantenga bastante fuerte se debe también al hecho de que, a pesar de todo, percibo cierta vinculación de Asja conmigo. Parece que el tuteo va ganando terreno entre nosotros, y su mirada, cuando me mira largo rato —no recuerdo que ninguna mujer me haya concedido nunca unas miradas y unos besos tan largos—, no ha perdido ni un ápice de su fuerza sobre mÃ. Hoy le he dicho que ahora me gustarÃa tener un hijo con ella. Algunos gestos, raros pero espontáneos y no carentes de importancia, si se tiene en cuenta el dominio que ella se impone ahora en asuntos eróticos, me dicen que le gusto. AsÃ, cuando para evitar una pelea quise abandonar su habitación, ella me agarró con fuerza y me pasó las manos por el pelo. También dice con frecuencia mi nombre. Uno de estos dÃas me dijo que era únicamente culpa mÃa que ahora no estuviésemos viviendo en una «isla desierta» y tuviésemos ya dos hijos. Hay algo de verdad en ese punto. Directa o indirectamente son ya tres o cuatro las ocasiones en las que me evadà de un futuro junto a ella: cuando no «huû con ella en Capri (¿cómo hacerlo?); cuando me negué a acompañarla, desde Roma, a Assisi y a Orvieto; cuando en el verano de 1925 no quise irme con ella a Letonia; y aquel invierno en el que no quise comprometerme a esperarla en BerlÃn. No estaban en juego consideraciones de tipo económico, ni tampoco mi fanática manÃa de viajar, que en los dos últimos años ha disminuido; fue también por temor a elementos hostiles en ella que sólo hoy me siento capaz de afrontar. Le dije también que si entonces nos hubiéramos ligado el uno al otro, no sabrÃa si ahora no harÃa ya tiempo que nos habrÃamos separado. Todo lo que sucede dentro y fuera de mà hace que me sea más imposible pensar en vivir separado de ella que lo que creÃa hasta ahora. Un factor de importancia es el temor de que más adelante, cuando Asja se ponga bien y viva aquà en una relación más afianzada con Reich, sólo pueda chocar, con grandes sufrimientos, contra los limites de nuestra relación. Y aún no sé si podrÃa desentenderme del asunto. En este punto, no tengo ahora ningún motivo concreto para separarme de ella por completo, incluso asumiendo que serÃa capaz de hacerlo. Lo que más me gustarÃa serÃa estar ligado a ella por un hijo. Pero lo que no sé es si, incluso hoy, podrÃa enfrentarme a una vida con ella, a su asombrosa dureza y, pese a toda su dulzura, a su desamor también. AquÃ, la vida en invierno es más rica en un aspecto: el espacio se transforma literalmente, según haga frÃo o calor. Se vive en la calle como en una gélida sala de espejos, y cualquier decisión se hace increÃblemente difÃcil: echar una carta en un buzón requiere medio dÃa de premeditación, y, a pesar del rigor del frÃo, entrar en una tienda a comprar algo es todo un éxito en lo que a fuerza de voluntad se refiere. Salvo una gigantesca tienda de alimentación que hay en la Tverskaya, donde se pueden ver magnÃficas comidas preparadas que yo sólo conozco por las fotos de los libros de cocina de mi madre y que ni en la Rusia zarista hubiesen lucido tan suntuosas, ni siquiera los negocios lo invitan a uno a permanecer en ellos. Además, tienen un aspecto provinciano. Es muy raro encontrar carteles donde aparezca bien legible el nombre de la empresa, algo tan común en las calles principales de las ciudades occidentales; la mayorÃa de las veces sólo consignan el tipo de producto y, en ocasiones, acompañado del dibujo de un reloj, una valija, unas botas, etc. En las tiendas de cuero aparece sobre un cartel de hojalata el dibujo de una tÃpica piel extendida. Es común encontrar dibujos de camisas sobre un pizarrón que dice «Kitaiskaya Prachechnaya»: lavanderÃa china. Se ven muchos mendigos suplicando con largos discursos a los peatones. Uno de ellos emite un tenue aullido cada vez que pasa a su lado un peatón con potencial de limosna. Vi también a un mendigo en actitud idéntica a la del infeliz al que San MartÃn le corta la mitad de la capa con su espada: arrodillado y con un brazo extendido. Poco antes de Navidad habÃa en la Tverskaya dos niños sentados en la nieve, siempre en el mismo sitio, junto al muro del Museo de la Revolución, con su ropa hecha jirones y lloriqueando. Esto podrÃa ser una expresión de la miseria infinita de estos mendigos, aunque también es posible que sea el resultado de una sabia organización, dado que sólo son de fiar aquellos que se ubican frente a las instituciones moscovitas, que se niegan con vehemencia a ser removidos. Todo lo demás lleva el signo de la remont[58]. En las habitaciones, los muebles se cambian de lugar todas las semanas; este es el único lujo que uno puede permitirse con ellos, y es al mismo tiempo, un medio radical para alejar de la casa el «calor hogareño» y la melancolÃa que este conlleva. Los organismos oficiales, los museos y los institutos cambian constantemente de locación, y hasta los vendedores ambulantes, que en otras ciudades tienen su puesto en lugares fijos, colocan su puesto cada dÃa en un lugar distinto. Todo, crema para lustrar zapatos, libros ilustrados, papelerÃa, tortas y pan, e incluso toallas, se vende en plena calle, como si en vez de un invierno moscovita de 25 grados bajo cero reinase un verano napolitano. Por la tarde, en la habitación de Asja, dije que querÃa escribir sobre teatro en la revista Lirerarische Welt. Tuvimos una breve discusión, pero luego le pedà que jugase conmigo al dominó. Finalmente accedió: «Bueno, si me lo pides. Me encuentro tan débil que no puedo negarme a nada de lo que me pidan». Pero después, cuando llegó Reich, Asja volvió a referirse a aquel asunto y se desató un altercado muy violento. Recién cuando me estaba yendo, mientras me levantaba de un rincón junto a la ventana para unÃrmele a Reich a la calle, Asja tomó mi mano y me dijo: «No es tan grave». Por la noche, discutimos con Reich brevemente acerca de ello en mi habitación y luego se fue a su casa.
