Diario de Moscu

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24 de diciembre

Algunas palabras acerca de mi habitación. Todos los muebles llevan una chapa que reza: «Hoteles de Moscú» seguida del número de inventario. Todos los hoteles pertenecen a la administración estatal (¿o será municipal?). Las ventanas dobles de mi habitación están cerradas herméticamente durante el invierno. Sólo se puede abrir una pequeña solapa que hay en lo alto. El pequeño lavatorio es de lata, laqueado por debajo y muy pulido por arriba, y también cuenta con un espejo. La pileta tiene un desagüe en el fondo que no se puede tapar. Hay una canilla de la que se asoma tímidamente un finísimo hilo de agua. La calefacción de la pieza viene del exterior, pero, debido a su ubicación tan particular, también está caliente el piso, por lo que, cuando el frío es moderado y la ventana está cerrada, el calor se hace agobiante. Todas las mañanas, antes de las 9, cuando ya han encendido la calefacción, un empleado llama a la puerta para preguntar si la ventana está completamente cerrada. Es lo único de lo que uno puede estar aquí seguro. El hotel no tiene cocina, por lo que ni siquiera se puede pedir una taza de té. Una vez, la noche anterior a ir a ver a Daga, que pedimos que nos despertaran, Reich y el schweitzer (este es el nombre ruso de los empleados de hotel) tuvieron una conversación shakespeariana sobre el «despertar». Al pedir si nos podrían despertar, el hombre nos respondió: «Si estamos pensando en eso, los despertaremos. Pero si no estamos pensando en eso, no lo haremos. La verdad es que, por lo general, solemos pensar en eso, y, por ende, despertamos a la gente que nos lo solicita. Pero claro, a veces nos olvidamos: cuando no estamos pensando en eso. Y entonces no los despertamos. No tenemos obligación de hacerlo, pero si nos acordamos a tiempo, entonces lo hacemos. ¿Cuándo quieren que los despertemos?». «A las siete». «Lo anotaremos. Como pueden ver, aquí dejo la nota, esperemos que él la vea. Porque si no la ve, lógicamente, no los despertará. Pero la mayoría de las veces despertamos». Como era de esperar, finalmente no nos despertaron, a lo que adujeron: «¿Qué sentido tenía despertarlos cuando ustedes ya se encontraban despiertos?». Parece que en el hotel hay un montón de schweitzers. Se alojan en un cuartito de la planta baja. El otro día Reich le preguntó a uno si había llegado alguna carta para mí. El hombre dijo que no, a pesar de tener las cartas frente a sus narices. En otra ocasión, alguien trató de localizarme por teléfono en el hotel, obteniendo como única respuesta: «Ya dejó el hotel». El teléfono está en el pasillo y desde la cama puedo oír a menudo largas conversaciones incluso hasta después de la una de la mañana. La cama tiene un gran agujero en el medio y cruje al menor movimiento. Teniendo en cuenta que Reich por la noche suele roncar tan fuerte que llega a despertarme, me resultaría muy difícil dormir de no ser porque siempre me acuesto muerto de cansancio. Cuando paso por aquí a la tarde, suelo quedarme dormido. La cuenta del hotel se paga diariamente, ya que a cualquier tarifa que exceda los cinco rublos se le adiciona un impuesto del 10%. Es obvio el increíble derroche de tiempo y energías que esto supone. Reich y Asja se habían encontrado en la calle y llegaron juntos. Asja se sentía mal y había cancelado su cita con Birse para esa noche. Querían pasar la noche conmigo. Ella había traído la tela; luego salimos. La llevé a la modista antes de ir al Museo del Juguete. De camino, entramos en una relojería. Asja le entregó mi reloj al relojero, que era un judío que hablaba alemán. Después de despedirme de Asja, me tomé un trineo y fui al museo. Temía llegar demasiado tarde, pues aún no me he acostumbrado a la noción que los rusos tienen del tiempo. Visita guiada al museo. Mi guía fue tov [arisch] Bartram[68], el director del museo, quien me regaló su obra Del juguete al teatro infantil, que acabaría siendo mi regalo de navidad para Asja. Luego, a la Academia: pero Kogan no estaba allí. Había decidido regresar en autobús, y cuando estaba esperándolo en la parada vi una puerta abierta con el letrero de «Museo», no tardé mucho en darme cuenta que me hallaba ante la «segunda colección del nuevo arte occidental». Aquel museo no estaba entre mis planes, pero como lo tenía delante, decidí entrar. Ante un cuadro extraordinariamente bello de Cézanne me vino a la cabeza la idea de lo erróneo que es hablar de «empatía», incluso desde el punto de vista lingüístico. Me pareció que, por mucho que se abarque una pintura, no por ello se penetra en su espacio; sucede más bien que ese espacio se expande hacia diferentes lugares, hacia puntos concretos. Esa pintura se nos abre desde ciertos ángulos y rincones donde creemos reconocer importantes experiencias del pasado; en esos puntos hay algo inexplicablemente conocido. Este cuadro se hallaba en la pared central de la primera sala de las dos dedicadas a Cézanne, justo enfrente de la ventana, a plena luz. Representaba una carretera que atravesaba un bosque. Hay un grupo de casas sobre uno de los márgenes. La colección de Renoir de este museo no es tan extraordinaria como la de Cézanne. En ella hay, no obstante, cuadros muy bellos que pertenecen a su primera época. Pero lo que más me movilizó de las primeras salas fueron, ante todo, dos cuadros de los bulevares de París, colgados uno frente al otro, como haciendo juego. Uno es de Pissarro y el otro de Monet. Ambos representan la ancha calle desde un lugar elevado que, en el primero, se sitúa en el centro y, en el segundo, en un lateral. La posición es tan lateral, que las siluetas de dos señores asomados a la calle tras las rejas de un balcón se introducen lateralmente en el cuadro como si estuviesen casi pegados a la ventana desde la cual se está pintando. Y mientras que la mayor parte del cuadro de Pissarro aparece cubierta por el gris del asfalto con su incontable cantidad de caballos y carruajes, en el de Monet la mitad del cuadro está ocupada por la pared luminosa de una casa que resplandece entre árboles de color amarillo otoñal. Al pie de la casa, casi tapadas enteramente por las hojas, se adivinan las sillas y mesas de un café, que parecen muebles rústicos en medio de un bosque soleado. Pero Pissarro refleja lo que da fama a París, la hilera de techos cubiertos con sus chimeneas. Sentí su nostalgia de esta ciudad. En un gabinete de la parte posterior, junto a dibujos de Louis Legrand y de Degas, un cuadro de Odilon Redon Tras el viaje en autobús comenzó un largo vagar hasta alcanzar, una hora después de lo acordado, la taberna donde me había citado con Reich. Como ya eran cerca de las cuatro tuvimos que separarnos enseguida, y quedamos en encontrarnos más tarde en la gran tienda de alimentación de la Tverskaya. Sólo faltaban unas horas para la Nochebuena y la tienda estaba abarrotada de gente. Cuando estábamos comprando caviar, salmón y fruta, nos encontramos con Basseches, cargado de paquetes. De un humor muy bueno. El humor de Reich, en cambio, era paupérrimo. Estaba muy enfadado por mi retraso, y el pez chino de papel que había comprado por la mañana en la calle, y que me veía obligado a arrastrar conmigo, junto con todas las otras cosas, como testimonio de mi manía de coleccionar sólo sirvió para enardecerlo todavía más. Al final habíamos nos habíamos procurado torta y dulces, así como un arbolito adornado con guirnaldas. Y con todo eso me fui a casa en trineo. Ya hacía rato que había anochecido. El avanzar por entre tanta gente, cargado con el árbol y con los paquetes, me había fatigado. Ya en mi habitación, me eché en la cama, leí a Proust y comí nueces azucaradas de las que habíamos comprado porque le gustan a Asja. Pasadas las siete llegó Reich, y algo más tarde Asja. Se pasó toda la velada echada en la cama y, sentado en una silla a su lado, Reich. Cuando, después de mucho esperar, llegó también un samovar —al principio lo habíamos pedido inútilmente, ya que aparentemente un huésped los había encerrado todos en la habitación y se había marchado—; cuando su murmullo llenó una habitación rusa por primera vez; cuando pude contemplar, muy de cerca, el rostro de Asja, que estaba acostada frente a mí; sólo entonces, después de muchos años, pude sentir la calidez de una Nochebuena, allí sentado junto al pequeño pino navideño. Hablamos del trabajo que Asja debería aceptar y luego de mi libro acerca de la trauespiel; leí en voz alta el prólogo, dirigido contra la Universidad de Frankfurt[69]. La opinión de Asja podría tener incidencia en mí. Ella pensaba que, a pesar de todo, debería agregarle la leyenda: «rechazado por la Universidad de Frankfurt». Esa noche estuvimos muy unidos. Asja se rió mucho de algunas cosas que le dije. Y otras, tales como la idea de escribir un artículo sobre la filosofía alemana como instrumento de la política interior de Alemania, la llevaron a manifestar su aprobación con fervor. No terminaba de decidir si era hora de irse; se sentía bien y también cansada. Finalmente se fue cuando ni eran las once. Yo me acosté enseguida dado que, por corta que haya sido, mi noche ya estaba completa. Comprendí que la soledad no existe para nosotros cuando la persona que amamos también se siente sola, aunque ésta se encuentre en un lugar inalcanzable para nosotros. La sensación de soledad parecería entonces un fenómeno reflexivo que sólo nos afecta cuando vemos a personas conocidas —o a personas que amamos— disfrutando de una vida social que no nos incluye. Incluso aquel que se siente solo en la vida, sólo experimenta esa soledad cuando piensa en una mujer, aunque sea una desconocida, o en cualquier otra persona que no está sola y en cuya compañía esa soledad dejaría de existir.


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