Diario de Moscu

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25 de diciembre

Me resigné a arreglármelas con lo poco de ruso que soy capaz de balbucear y decidí dejar de estudiarlo, pues me es imprescindible tener más tiempo para otras cosas: para traducir y para escribir artículos. Si alguna vez vuelvo a Rusia, será esencial que lo haga con mayor conocimiento del idioma, que habré de adquirir con antelación. Pero como por el momento no estoy planeando ninguna ofensiva para el futuro, aún no tengo plena seguridad de hacerlo: en otras circunstancias menos favorables a las presentes, las cosas podrían ponerse demasiado difícil. Tendría que hacerme de una base sólida de acuerdos literarios y financieros antes de emprender un segundo viaje a Rusia. El desconocimiento del ruso nunca me había resultado tan molesto como el día de Navidad. Estábamos cenando en la casa de la compañera de habitación de Asja: yo había aportado la plata para comprar un ganso, lo cual había sido motivo de disputa entre Asja y yo algunos días antes. Ya estaban sirviendo el ganso en platos con porciones individuales. Estaba mal cocido, duro. Comimos en un escritorio en torno al cual nos encontrábamos sentadas unas seis u ocho personas. En la mesa sólo se hablaba ruso. La entrada, un pescado frío al estilo judío, estuvo muy buena. Y también la sopa. Después de comer, me retiré a la habitación contigua y me dormí. Luego permanecí despierto un rato, tirado en el sofá, sintiéndome muy triste, abatido por las imágenes que mi mente traía con frecuencia, las de la época en que siendo estudiante me marché de Munich a Seeshaupt[70]. Más tarde Reich y Asja intentaron traducirme, de a ratos aislados, retazos de la conversación, pero eso sólo terminó duplicando mi malestar. Hablaron durante un rato del nombramiento como profesor de la Academia Militar que le dieron a un general que había pertenecido en otro tiempo a la Guardia Blanca y que mandó ahorcar a todos los soldados del Ejército Rojo que había hecho prisioneros en la guerra civil. Discutieron acerca de qué posición debía tomarse al respecto. La postura más ortodoxa provenía de una joven fanática búlgara. Por fin se hizo la hora de marcharnos: Reich marcaba el camino junto con la búlgara, seguidos por Asja y por mí. Yo estaba completamente agotado. Ese día no funcionaban los tranvías. Y dado que ni Reich ni yo podíamos ir con ellas en autobús, no nos quedó otra alternativa que hacer a pie el largo trayecto hasta el Teatro Artístico de Moscú. Reich quería ver la Oresteia para recopilar más material que le sirviera para su obra «La contrarrevolución en escena». Conseguimos localidades para la segunda fila, al centro. Ni bien entramos en la sala, percibí olor a perfume. No vi a un solo comunista enfundado en su típica túnica azul, y sí a algunos que podrían encajar perfectamente en cualquiera de las imágenes de George Grosz. La obra respondía al estilo de un teatro cortesano abandonado. El director no sólo no contaba con capacidad profesional alguna, sino que ignoraba por completo cualquier tipo de información necesaria para abordar una tragedia de Esquilo. A su pobre imaginación parecía alcanzarle ese pálido helenismo de salón. La música sonó casi ininterrumpidamente, e incluyó una gema de Wagner: Tristán, «la música del fuego mágico».


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