Diario de Moscu

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26 de diciembre

La estancia de Asja en el sanatorio parece estar llegando a su fin. Parece que estos últimos días en los que pasó largas horas al aire libre le han hecho bien. Le encanta acostarse en su manta y oír los graznidos de los cuervos en el aire. Está convencida de que los pájaros están perfectamente organizados, y que su líder les da las instrucciones; dice que ciertos graznidos precedidos de una larga pausa son las órdenes a acatar. Apenas si pude hablar a solas con Asja últimamente, pero en las escasas palabras que intercambiamos creo detectar en ella tal cercanía hacia mí que me tranquiliza profundamente y que mejora mi ánimo. No creo que haya nada que surta un efecto tan curativo ni tan intenso sobre mí como las preguntas más insignificantes que ella me hace acerca de mis asuntos. Cierto es que no lo hace con frecuencia. Pero aquel día, por ejemplo, quiso saber en mitad de la comida, en la que sólo se hablaba ruso, qué cartas había recibido el día anterior. Antes de comer, tres de nosotros habíamos jugado al dominó. Después de la comida, las cosas salieron mucho mejor que el día anterior. Cantaron adaptaciones comunistas (dudo que las hayan concebido como parodia) de canciones hebreas. Parece que, excepto Asja, todos los allí presentes éramos judíos. Había también un secretario sindical de Vladivostok que había venido a Moscú para asistir al VII Congreso Sindical. En torno a la mesa se había reunido toda una colección de judíos, desde Berlín hasta Vladivostok. Era todavía temprano cuando la llevamos a Asja. Luego invité a Reich a tomar una taza de café antes de ir a casa. Este empezó a decir que cuanto más mira a su alrededor, más le parece que los niños son como una gran plaga. En casa de la camarada estaba también de visita un niño pequeño, de gran comportamiento, pero que al final, cuando estábamos todos jugando al dominó y ya llevábamos dos horas esperando la comida, se había puesto a llorar. Pero en quien Reich pensaba en realidad era en Daga. Habló de los ataques de ansiedad crónicos de Asja, relacionados con Daga la mayoría de las veces, y volvió a repetirme toda la historia de la estadía de ella en Moscú. Me sorprendía con gran frecuencia la paciencia de Reich para tratar con ella. Incluso ahora lo que manifestaba no era disgusto o resentimiento, sino simplemente la tensión acumulada, de la cual pudo descargar buena parte en su conversación conmigo. Lamentaba que a Asja le fallara el «egoísmo» justo ahora, cuando ya todo dependía de tomar las cosas con calma y dejar que sigan su curso. La inquietud por su futura residencia, la idea del traslado que casi con seguridad tendría que afrontar, era algo que la atormentaba. En el fondo, lo único que Asja quiere en este momento son unas semanas de una tranquilidad en el marco de una cómoda existencia burguesa, que es obvio que Reich no está en condiciones de ofrecer aquí en Moscú. Lo cierto es que su ansiedad efectivamente existía. No me daría cuenta de esto hasta la mañana siguiente.


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