Diario de Moscu

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27 de diciembre

La habitación de Asja en el sanatorio. Estamos allí casi a diario, desde las cuatro hasta la siete. Generalmente, cerca de las cinco, una paciente de una habitación vecina se pone a tocar la citara durante una hora, o media hora. Sólo consigue hacer sonar unos tristes acordes. La música no encaja bien con estas paredes frías. Pero a Asja no parece molestarle demasiado ese rasgueo tan monótono. Cuando llegamos, es común que la encontremos acostada en la cama. Frente a ella, suele haber una mesita con leche, pan y un plato con azúcar y huevos, que, por lo general, se termina llevando Reich a la casa. En cambio hoy me tocó a mí: Asja escribió «Benjamin» sobre un huevo y me lo envió a través de Reich. Encima del vestido, Asja lleva una bata de lana gris del sanatorio. En la parte más cómoda de la habitación, reservada para ella, hay tres sillas de diferentes tipos, entre las cuales cuento el sillón en el que suelo sentarme, y también una mesa de luz con revistas, libros, medicamentos, un pequeño cuenco de colores que probablemente sea suyo, la crema facial que le traje de Berlín y un espejo de mano que le regalé en una ocasión. Durante un buen tiempo, también estuvo sobre la mesa de luz el bosquejo de la cubierta de Calle de sentido único que me hizo Stone. Asja se dedica a menudo a la confección de la blusa que se está haciendo, usando el hilo de una tela Fuentes de luz de las calles moscovitas, a saber: la nieve, que refleja la iluminación a punto tal que casi todas las calles tienen claridad; las potentes lámparas de carburo de los puestos callejeros; y las luces delanteras de los automóviles, que arrojan su luz a cientos de metros de luz sobre la calle. En otras grandes ciudades, este tipo de faros están prohibidos: aquí cuesta pensar en algo que irrite más que ese selecto número de miembros de la NEP (y otros peces gordos) moviéndose en unos pocos coches a su entera disposición y entorpeciendo aún más la ya dificultosa tarea de desplazarse. Nada que destacar sobre este día. Pasé la mañana trabajando en casa. Después de comer jugué al ajedrez con Reich; me venció en dos partidas. Asja estaba del peor humor posible; nunca había presenciado con tanta claridad esa acidez repugnante que hace que su interpretación de Hedda Gabbler sea tan convincente. No toleraba ni siquiera la menor pregunta sobre su estado de salud. Al final no quedó otro remedio que dejarla sola. Nuestra esperanza —mía y de Reich— de que se nos uniera para jugar al dominó fue vana. Cada vez que entraba alguien en la sala de juegos, girábamos la cabeza buscándola, pero nunca llegó. Después de la partida volvimos a su habitación, pero yo regresé rápidamente a la sala de juegos con un libro, para no reaparecer sino hasta poco antes de las siete. Asja me despidió de una manera muy poco amigable, pero luego me mandó, por medio de Reich, un huevo en el que había escrito «Benjamin». Aún no hacía mucho que habíamos llegado a mi habitación, cuando entró ella. Su humor se había transformado: volvía a ver las cosas de una forma más positiva y, sin duda, lamentaba el comportamiento que había tenido por la tarde. De todas maneras, al hacer un repaso general de los últimos tiempos me doy cuenta de que el grado de mejoría que tuvo desde mi llegada es casi nulo, al menos en cuanto a lo que sus nervios refieren Por la noche, Reich y yo mantuvimos una larga conversación acerca de mi actividad literaria y hacia donde debería apuntar. Reich piensa que yo tiendo a exprimir mis escritos hasta agotarlos. En este mismo contexto expresó con mucho tino la idea de que en la alta literatura la proporción entre el total de oraciones y la cantidad de oraciones sustanciales y con peso propio es, aproximadamente, de 30 a 1, mientras que en mi caso era de 2 a 1. Todo eso es cierto. (Y esto último sea quizás consecuencia de la fuerte y temprana influencia que tuvo Philipp Keller[71] sobre mí).


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