Diario de Moscu
Diario de Moscu No creo que exista otra ciudad con tantos relojeros como Moscú. Lo cual es aún más llamativo dado que la gente aquí no se preocupa demasiado por el tiempo. Seguramente tenga orígenes históricos. Cuando uno ve a la gente por la calle, rara vez se ve a alguien apurado, a menos que esté haciendo muchísimo frío. Tienen la costumbre de andar en zigzag. (Algo muy significativo: me contó Reich que en algunos clubes hay un póster en la pared con la advertencia «Lenin dijo: “tiempo es dinero”». Para expresar una banalidad como esa tuvieron que recurrir a la más alta autoridad). Fui a buscar mi reloj a la relojería. Por la mañana nevó, y siguió nevando de manera interrumpida a lo largo de todo el día. Más tarde hubo algo de deshielo. Comprendo que Asja echara de menos la nieve cuando estaba en Berlín y que sufriera ver el asfalto desnudo. El invierno aquí va cubierto de una gruesa capa de nieve, del mismo modo que a un campesino lo cubre su tapado de lana de oveja blanca. Nos levantamos tarde por la mañana, y luego fuimos a la habitación de Reich, un claro ejemplo de casa pequeñoburguesa, cuesta imaginar algún ejemplo más horrible. Contemplar los cientos de fundas, aparadores, muebles tapizados y cortinas llevan a uno casi a la asfixia; el aire ha de estar cargado de polvo. En un rincón próximo a la ventana había un árbol de navidad muy alto. Ni siquiera el árbol quedaba exento de la fealdad reinante, con sus ramas debiluchas y un muñeco de nieve deforme a modo de corona. Tanto la agotadora caminata desde la parada del tranvía como el espanto que me produjo esta habitación nublaron mi perspectiva general de la situación, y terminé aceptando, de forma precipitada, la propuesta de Reich de irme a vivir con él a aquella habitación a partir de enero. Esas habitaciones pequeñoburguesas son como campos de batalla por los que ha pasado victoriosa la embestida devastadora del capital mercantil, impidiendo que en ellas pueda desarrollarse nunca más nada que sea humano. Pero teniendo en cuenta mi inclinación por las cavernas, tal vez obtenga un gran rédito trabajando en esta pieza. Queda por decidir si conviene renunciar a la excelente posición estratégica de mi habitación actual o conservarla, con el riesgo de perder el contacto diario con Reich, que me proporciona tanta información vital. Anduvimos luego largo rato por las calles de los suburbios: me había prometido un tour por una fábrica especializada en adornos navideños. La «pradera de la arquitectura», como Reich ha llamado a Moscú, tiene en estas calles un aspecto todavía mas agreste que en las del centro de la ciudad. A ambos lados de la amplia avenida, cabañas de madera símiles a las casas de los campesinos alternan con casas modernistas o con la sobria fachada de una casa de seis pisos. La capa de nieve era altísima, y cuando se hizo un repentino silencio, uno podría haberse pensado que estaba pasando el invierno en medio de un pueblo del interior de Rusia. Tras una hilera de árboles había una iglesia con sus cúpulas azules y doradas, y, como siempre, con sus ventanas enrejadas que daban a la calle. Las iglesias de aquí todavía conservan en sus fachadas imágenes de santos como las que se ven en las iglesias más antiguas de Italia (en la de San Frediano de Lucca[75], por ejemplo). Al final, la mujer que trabajaba en la fábrica se había ausentado, por lo que no pudimos recorrerla por dentro. Enseguida, cada uno siguió su camino. Yo bajé por el Kusnetski-Most (Puente de los herreros) en busca de librerías. En esta calle se encuentra la que, a juzgar por su aspecto, es la librería más grande de Moscú. Hasta vi literatura extranjera en la vidriera, pero a unos precios escandalosos. Los libros rusos se venden, casi sin excepción, sin encuadernar. El papel es casi siempre importado y cuesta tres veces más que en Alemania y, según me pareció, recortan las esquinas de las publicaciones para abaratar costos. Después de haber ido al banco a cambiar plata, me compré a la pasada uno de esos arrollados calientes que se venden en todos lados en las calles de por aquí. No había dado nada más que unos pasos cuando un niño se me vino encima; y una vez que comprendí que no era dinero lo que quería, sino pan, compartí un pedazo con él. Al mediodía le gané a Reich al ajedrez. La tarde, tan insípida como todos estos últimos días, con Asja sumida en su estado de ansiedad. Cometí el gran error de intentar defender a Reich de sus reproches absurdos. Acto seguido, me dijo que al día siguiente iría solo a verla a Asja. Por la noche, en cambio, parecía que quería ser el mejor de los amigos. Ya se había hecho demasiado tarde para ir al ensayo general de la obra de Illés, tal como lo habíamos planeado, y, dado que Asja ya no vendría, nos fuimos a ver un «juicio» al club Krestanski[76]. Llegamos allí a las ocho y media, y nos enteramos que había empezado hacía ya una hora. La sala estaba repleta y no dejaban entrar a nadie más. Pero una mujer muy lista se aprovechó de mi presencia. Al darse cuenta de que yo no era ruso, adujo que éramos dos delegados extranjeros y ella nuestro guía, y consiguió que nos dejaran pasar a los tres. Entramos en una sala tapizada de rojo, donde debía haber unas trescientas personas. Estaba repleta y mucha gente estaba de pie. En un nicho, un busto de Lenin. Los procedimientos eran llevados a cabo sobre el escenario, flanqueado a ambos lados por los dibujos de dos proletarios: un campesino y un obrero industrial. En la parte superior del escenario, el emblema soviético. Al momento de llegar, ya había finalizado la exposición de pruebas, y ahora era el turno del testimonio de un perito. Estaba sentado con su asistente en una mesita, frente a la mesa del abogado defensor, ambas dispuestas de manera perpendicular sobre el escenario. La mesa del tribunal estaba de cara al público, y frente a los jueces estaba sentada la acusada, una campesina, vestida de negro y con un grueso bastón entre las manos. Todos los actuantes estaban bien vestidos. La campesina estaba acusada del ejercicio ilegal de la medicina con consecuencias fatales. Ella había intervenido en un parto (o un aborto), y un presunto error suyo habría sido causante del desgraciado desenlace. El alegato de la acusación hacía hincapié en cuestiones de crudeza extrema. El perito presentó su informe: la muerte de la mujer era atribuible directamente a la intervención médica de la acusada. La defensa pronunció su alegato, afirmó que no hubo intención de hacer daño, y que en el campo no hay ni conocimientos médicos ni medidas sanitarias suficientes. El fiscal pidió la pena de muerte. Las últimas palabras de la campesina: de todas formas la gente siempre se muere. A continuación, el presidente del tribunal se dirige al público: ¿alguna pregunta? Aparece en el estrado un komsomol que aboga por el castigo más severo posible. El tribunal se retira luego a deliberar; hay un descanso. Todo el mundo se para a escuchar el veredicto. Dos años de prisión por reconocerse la existencia de atenuantes. Razón por la que se prescinde del aislamiento incomunicado. El presidente del jurado, por su parte, alude a la necesidad de crear centros de previsión y educación higiénica en áreas rurales. La gente se dispersa. Nunca hasta ese momento había visto congregado en Moscú a un público tan sencillo. Entre los asistentes había, probablemente, muchos campesinos, ya que este club se halla especialmente al servicio de los campesinos. Me enseñaron las dependencias. En la sala de lectura me llamó la atención, al igual que en el sanatorio infantil, el hecho de que las paredes estuviesen enteramente cubiertas de material visual, que aquí lo constituían, sobre todo, estadísticas elaboradas por los propios campesinos e ilustradas, en parte, con dibujitos de colores que representaban la vida rural, el desarrollo agrario, el estado de la producción y las instituciones culturales. También habían expuesto en todas las paredes piezas de herramientas y de maquinaria, destiladores químicos, etc. Movido por la curiosidad me acerqué a una consola desde la que me sonreían burlonamente dos máscaras africanas. Pero que luego, de cerca, resultaron ser máscaras de gas. También me condujeron, por último, a los dormitorios del club. Este ha sido pensado para el uso de campesinos y campesinas que, ya sea en grupo o de manera individual, tienen que visitar la ciudad para hacer una kommandirovka (trámite). En las habitaciones grandes hay como mucho seis camas; por la noche, cada uno deja la ropa encima de la suya. Los cuartos de aseo deben de estar en otra parte. En las habitaciones no hay lavatorios. En las paredes hay fotos de Lenin, Kalinin, Rykov y otros. El culto a la imagen de Lenin en particular llega aquí a extremos insospechados. En el Kusnetski-Most hay una tienda que se especializa en Lenin, donde uno puede comprar una figura suya en todos los tamaños, posturas y materiales. En la sala común del club, donde en ese momento podía escucharse un concierto radiofónico, hay un cuadro en relieve, muy expresivo, que lo muestra como un orador, en escala real, de la cintura para arriba. Y siempre habrá en las cocinas, en las lavanderías, en cada lugar de las instituciones públicas alguna foto suya más modesta. El edificio tiene capacidad para más de cuatrocientos huéspedes. Ante la cada vez más molesta compañía de la guía que nos había ayudado a entrar, salimos de allí y decidimos, una vez que nos quedamos solos, parar en una pivnaya (bar) que estaba ofreciendo un espectáculo nocturno. Cuando estábamos entrando, nos encontramos con algunas personas en la puerta que intentaban echar a un borracho. El local no grande ni estaba lleno, había gente sentada, sola o en grupos pequeños, tomando cerveza. Nos sentamos muy cerca del escenario, cuyo telón mostraba una dulce pradera algo borrosa que daba la sensación de ser ruinas que parecían disolverse en el aire. De todas formas, este telón no alcanzaba a cubrir toda la longitud del escenario. Después de dos números musicales venía la atracción principal de la noche, una intszenirovka: material adaptado al teatro que proviene de un ámbito distinto, del épico o del lírico. En esta ocasión el marco dramático parecía servir de pretexto para un sinfín de canciones de amor y canciones campesinas. Primero salió una mujer sola escuchando a un pájaro. Luego salió de entre bastidores un hombre, y así sucesivamente hasta llenar todo el escenario, acabando la cosa en un canto coral acompañado de baile. Todo esto no se diferenciaba demasiado de una festividad familiar, pero dado que en la realidad estas reuniones se dan cada vez menos, lucen más atractivos en el escenario a los ojos del pequeño burgués. Para acompañar la cerveza sirven cosas muy llamativas: diminutos trocitos de pan blanco o negro con una costra de sal y guisantes secos en agua salada.
