Diario de Moscu

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Hay cerraduras viejas, cintas métricas, herramientas de mano, utensilios de cocina, artefactos eléctricos y muchas cosas más. En el mismo lugar se realizan también reparaciones; vi cómo soldaban algo con un soplete. No hay asientos por ninguna parte; todo el mundo está parado, ya sea contándose chismes o comerciando. El mercado baja hasta la Sukharevskaya. Al avanzar por los numerosos pasillos que forman los puestos, vi con claridad cómo la disposición interna del mercado es fiel réplica de gran parte de las calles de Moscú. Hay distritos de relojeros y de venta de ropa, centros de artefactos eléctricos y de partes de máquinas, y luego tramos de calle donde no se encuentra ni un solo puesto. Aquí, en el mercado, la función arquitectónica de la mercadería se percibe con facilidad: los pañuelos y las telas forman columnas; los zapatos y las valenki cuelgan sobre los mostradores y, sujetados por sus cordones, forman el techo de los puestos; enormes acordeones crean paredes de sonido, como si se tratara de las murallas de Memnón. Fue aquí, en la zona de los bazares de juguetes, donde finalmente encontré un samovar para el árbol de Navidad. Fue aquí también la primera vez que vi en Moscú puestos vendiendo imágenes de santos. Están en su mayoría cubiertas por aluminio, selladas por los pliegues del manto de la Virgen, como marca el estilo tradicional. Las únicas superficies coloridas son la cabeza y las manos. También hay cajitas de cristal en las que se puede ver la cabeza de San José (¿?) decorada con brillantes flores de papel. Aparecen estas mismas flores, formando grandes ramos, a cielo abierto. La nieve las hace brillar mucho más que a las mantas de colores o a la carne cruda.


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