Diario de Moscu
Diario de Moscu Pero, dado que esta rama de negocios pertenece al comercio del papel y de las pinturas, los puestos de venta de imágenes de santos se encuentran situados junto a los puestos de papelerÃa, por lo que siempre aparecen secundados por retratos de Lenin, casi como prisioneros escoltados por sus guardias. Rosas navideñas también por aquÃ. Al no tener un lugar propio, pueden aparecer rodeadas de productos comestibles, de vajilla o de elementos textiles. Pero ellas lo eclipsan todo: ya sea carne cruda, mantas de colores o platos relucientes. Al llegar a la Sukharevskaya, el mercado se angosta hasta quedar reducido a un pasillo angosto entre paredes. Allà hay niños que venden artÃculos para el consumo hogareño, cosas como cubiertos, toallas, etc.; vi a dos de ellos de pie, cantando junto al muro. En ese lugar me crucé por primera vez desde Nápoles a alguien que vendÃa objetos para hacer trucos de magia. TenÃa frente a sà una botellita en cuyo interior se hallaba sentado un mono de trapo bien grande. No se entendÃa cómo habÃa podido meterlo allÃ. En realidad, sólo habÃa que introducir en la botella un animalito de trapo como los que vendÃa aquel hombre, y el agua lo harÃa crecer. Un napolitano solÃa vender ramos de flores del mismo tipo. Caminé un rato por la Sadovaya, y luego, cerca de las doce y media, fui a ver a Basseches. TenÃa mucho por decir, algunas cosas ciertamente instructivas, pero sus constantes repeticiones y las sugerencias irrelevantes lo único que hacen es resaltar su afán de reconocimiento. Pero no deja de ser alguien amable y la información que comparte conmigo me es de enorme utilidad, como también lo son revistas alemanas que me presta y su ofrecimiento de proporcionarme una secretaria. Por la tarde no fui de inmediato a ver a Asja: Reich querÃa hablar con ella a solas y me pidió que fuera recién a las cinco y media. En los últimos tiempos, apenas si pude intercambiar alguna palabra con Asja. En primer lugar, porque su estado de salud habÃa vuelto empeorar considerablemente. Está con fiebre. Aunque esa circunstancia tal vez la hubiera podido predisponer a una charla tranquila, si no fuese porque además de la discreta compañÃa de Reich contamos también con la presencia paralizadora de su compañera de habitación que, además de hablar con voz muy fuerte y acalorada y de dominar todas las conversaciones, como si fuera poco, entiende tanto alemán que absorbe toda la energÃa que pudiera quedarme. En uno de los pocos momentos en que nos quedamos a solas, Asja me preguntó si alguna vez regresarÃa a Rusia. Yo le dije que no lo harÃa sin conocimientos de ruso. E incluso dependÃa también de algunas otras cosas: de la plata, de mi estado de salud, de sus cartas. Éstas dependerÃan —dijo ella, evasiva, aunque bien sé cuán evasiva puede ser con gran frecuencia— a su vez, de cómo se encontrase ella. Me fui y regresé con las mandarinas y el halva que me habÃa pedido, y que le entregué abajo a la enfermera. Reich me solicitó la habitación para pasar la noche trabajando con su traductora. No pude decidirme a ir solo a ver Den’i Noch’[99], de Tairov Fui a ver La sexta parte del mundo (en el cine del Arbat), pero hubo muchas partes que se me escaparon.