Diario de Moscu
Diario de Moscu Por la mañana fui a cambiar plata y luego a dictar. La reseña sobre el debate en el Teatro Meyerhold creo que me salió más o menos bien; en cambio no logré avanzar con mi informe sobre Moscú para el Diario. Por la mañana temprano había discutido con Reich por haber ido al Dom Herzena con Basseches (algo que había hecho casi sin pensar). Me volvió a aleccionar sobre lo cuidadoso que hay que ser por aquí. Este es uno de los síntomas más evidentes de la fuerte politización de la vida. Fue un alivio no encontrarme a Basseches en la embajada cuando fui a dictar, él todavía estaba en la cama. Para no tener que ir al Dom Herzena, me compré caviar y jamón y comí en casa. Cuando llegué a lo de Asja, cerca de las cuatro y media, Reich todavía no había llegado, lo haría recién una hora más tarde. Al llegar me contó que de camino al sanatorio había sufrido otro ataque cardíaco. La salud de Asja había empeorado y estaba tan perdida que apenas si se percató de la tardía llegada de Reich. Luego volvió a levantar temperatura. Su compañera de habitación, a quien a esta altura encuentro insoportable, estuvo presente durante todo el rato y también tuvo una visita. A decir verdad, ella es una persona amigable, lo único que me molesta es que esté todo el tiempo encima de Asja. Le estuve leyendo a Asja el esbozo del Diario, sobre el cual hizo algunas observaciones muy acertadas. A lo largo de la conversación se dejó entrever cierto tono amable. Luego estuvimos jugando al dominó en su habitación. Llegó Reich y seguimos jugando los cuatro. Reich tenía reunión por la noche. Hacia las siete tomamos un café en la confitería de siempre, luego me fui a casa. Cada vez veo con más claridad cuan necesario será armar una sólida estructura para mis futuros trabajos. La traducción está obviamente exenta de esa posibilidad. La construcción de esa solidez depende ante todo de una toma de postura. Lo único que me detiene a la hora de afiliarme al Partido Comunista Alemán son las opiniones ajenas. Parece ser éste el momento indicado y tal vez sea peligroso dejarlo pasar. Precisamente, el hecho de que mi pertenencia al Partido sea, posiblemente, apenas un simple episodio hace que no sea aconsejable seguir posponiéndolo. Sobrevuelan por todos lados las opiniones externas que me obligan a preguntarme si no podría yo consolidar, tanto en la práctico como en lo económico, mediante un trabajo exhaustivo, una posición de izquierdista por fuera del partido que me siguiera garantizando la posibilidad de una producción más amplia dentro del que hasta ahora ha sido mi ámbito de trabajo. La cuestión es si esta producción puede avanzar a un nuevo estadio sin provocar una ruptura. Y si así sucediera, la «estructura» debería estar avalada por una coyuntura externa que la sustente, como por ejemplo un empleo editorial. Sea como fuere, la etapa venidera parece diferenciarse de las anteriores en que empieza a estar menos condicionada por lo erótico. Observar la relación de Reich y Asja me ayudó a tomar conciencia de todo esto. Me doy cuenta de que Reich se muestra más firme frente a la inestabilidad de Asja y rara vez se altera (o al menos eso parece) ante ciertos comportamientos suyos que a mí me enfermarían. Incluso si su tranquilidad fuese sólo aparente, sería mucho decir. Todo esto se lo debe a la «estructura» que encontró aquí para su trabajo. A los contactos reales pertenecientes a su ámbito laboral se suma el hecho de que aquí él forma parte de la clase dominante. Esa transformación total de la estructura del poder es, en definitiva, lo que hace que la vida aquí sea tan extraordinariamente rica en contenido. Está tan aislada, tan llena de acontecimientos, tan empobrecida y, al mismo tiempo, tan llena de posibilidades como la vida de los buscadores de oro de Klondike. La búsqueda del poder está presente desde la primera hora del día hasta la última de la noche. Todas las posibilidades combinatorias en la existencia de los intelectuales de Europa Occidental son extremadamente pobres comparadas con las innumerables constelaciones con que se encuentra aquí un solo individuo a lo largo de un mes. Hay que reconocer que esto puede derivar en una especie de estado de embriaguez que hace que sea imposible concebir una vida sin reuniones y comités, debates, resoluciones y votaciones (todas estas son pequeñas guerras o, por lo menos, maniobras de la ambición del poder). Pero es este el objetivo preciso[102] que insta de manera tan categórica a tomar postura, que plantea el dilema de saber hasta qué punto se está dispuesto a permanecer en el papel de espectador — tan hostil y tan expuesto, tan incómodo e indefenso— o bien a aceptar un papel protagónico sobre el caldeado escenario.
