Diario de Moscu
Diario de Moscu Por la mañana tuve una discusión sumamente desagradable con Reich. Recordó mi propuesta de leerle la reseña acerca del debate en el Meyerhold[103]. En ese momento, ya no deseaba hacerlo, pero me de todas formas asentí a su pedido, no sin una resistencia instintiva. A juzgar por nuestras charlas anteriores sobre mis reseñas enviadas al Literarische Welt, era evidente que no podía salir nada bueno, por lo cual le leí el artículo muy deprisa. La inconveniente posición en la que elegí sentarme, con la luz dándome de frente en la cara, me hubiese alcanzado para predecir su reacción. Reich me escuchó con una actitud de calma forzada y, cuando finalicé, se limitó a decir unas pocas palabras. El tono en el que las pronunció desencadenó de inmediato una discusión cuya resolución estaba fuera de todo alcance, debido a que ya ni siquiera se podía mencionar lo que la había motivado. Cuando estábamos en pleno altercado llamaron a la puerta. Era Asja, que se marchó enseguida. En el tiempo que estuvo allí, apenas si emití palabra, me puse a traducir. Con un humor pésimo a cuestas, me fui a lo de Basseches a dictar algunas cartas y un artículo. La secretaria me parece muy agradable, quizás un tanto «Señorita». Cuando la oí decir que quería volver a Berlín, le di mi tarjeta personal. Yo no tenía el menor interés en almorzar con Reich, así que compré algunas cosas y comí en mi habitación. Me tomé un café de camino al sanatorio (y otro más tarde mientras volvía a casa). Asja se sentía bastante mal, enseguida se fatigó, de modo que la dejé sola para que pudiera dormir. Pero hubo un par de minutos en los que estuvimos en la habitación a solas (o, al menos, ella hizo como si lo estuviéramos). Me dijo que cuando volviera a Moscú y ella gozara de buena salud, yo no tendría que andar dando tantas vueltas por ahí tan solo. Pero que si no se curaba, sería ella quien fuese a Berlín. Yo tendría que dividir mi habitación con un biombo. Ella tendría que tratarse con médicos alemanes. Pasé la noche en casa, solo. Reich llegó tarde y con muchas cosas por contar. Pero una cosa estaba clara después del incidente de la mañana: yo ya no podía contar con Reich para nada que estuviera relacionado con mi estadía. Y como sin él no era posible organizarla de manera provechosa, lo único sensato era marcharse.
