Diario de Moscu
Diario de Moscu El día fue un completo fracaso, a excepción de la noche. Ahora, además, empieza a hacer mucho frío: la temperatura media es de unos —26º Reaumur. Pasé un frío horrible. Ni siquiera los guantes me sirvieron de nada, pues estaban agujereados. Las cosas iban bastante bien al empezar la mañana: encontré la agencia de viajes de la Petrovka cuando ya había perdido toda esperanza y también me informé del precio de los tickets. Luego quise tomarme el autobús 9 rumbo al Museo del Juguete. Pero el vehículo tuvo una avería sobre la Arbat y, creyendo (equivocadamente) que se quedaría allí mucho tiempo parado, decidí bajarme. Acababa de contemplar con añoranza, al pasar por delante, el mercado de la Arbatskaya, donde vi por primera vez los hermosos puestos navideños de Moscú. En esta ocasión la suerte me sonrió de otra manera: llegaba a casa la noche anterior, me encontraba cansado y tenso, esperaba llegar antes que Reich pero éste ya estaba allí. Me molestó el hecho de no poder estar solo un rato (desde que discutimos sobre mi artículo acerca de Meyerhold, la sola presencia de Reich bastaba para irritarme) y, para mantenerme ocupado, inmediatamente me fui hacia la lámpara para ponerla en una silla junto a mi cama, cosa que ya había logrado hacer otras veces. La conexión al cableado eléctrico volvió a romperse; impaciente, me incliné sobre la mesa para, en tan incómoda postura, tratar de volverlo a conectar. Después de haber estado jugando un buen rato al electricista, provoqué un cortocircuito. Que viniesen a arreglarlo era algo impensable en ese hotel. Con la luz del techo era imposible trabajar, y así volvía a cobrar actualidad la cuestión de los primeros días. Estando en la cama, mi mente se iluminó: «una vela». Pero ni siquiera eso era fácil. Hacerle encargos a Reich era un asunto cada vez más difícil; él mismo tenía una infinidad de cosas que hacer y, además, estaba de mal humor. No me quedaba más remedio que ponerme solo en camino, armado apenas con un vocablo. Pero incluso ese vocablo me lo tendría que haber proporcionado Asja primero. Por eso fue una verdadera suerte que allí, contra todo augurio, encontrase velas en la vidriera de un negocio, que pude comprar señalándolas simplemente con el dedo. Pero con esto concluyó la parte feliz del día. Tenía mucho frío. Quise ver la exposición de arte gráfico del Dom Pechat[114]: cerrada. Lo mismo con el Museo Iconográfico. Finalmente me di cuenta de que según el antiguo calendario era Nochebuena. No terminaba de bajar del trineo que había tomado para ir al Museo Iconográfico (pues se encontraba en un lugar alejado que yo no conocía), con el frío que apenas me dejaba avanzar, cuando noté que estaba cerrado. En casos así, en los que sólo por impotencia lingüística uno se ve obligado a hacer cualquier cosa absurda, es cuando uno se da doblemente cuenta de la increíble pérdida de tiempo y energía que hechos como este suponen. Descubrí que efectivamente sí había un tranvía y que quedaba mucho más cerca de lo que había pensado, así que lo aproveché y me fui a casa. Llegué al Dom Herzena antes que Reich. Y cuando él llegó, me saludó diciendo: «¡Tiene Ud. mala suerte!». Había ido a la oficina de la Enciclopedia a entregar mi artículo sobre Goethe. En ese momento había llegado casualmente Radek[115], que vio el manuscrito sobre la mesa y lo tomó. Mostrándose desconfiado, quiso saber quién lo había escrito. «En cada página aparece “lucha de clases” por lo menos diez veces». Reich le demostró que eso no era cierto y le dijo que, por otra parte, es imposible estudiar la obra de Goethe, que coincide con una época de grandes luchas sociales, sin emplear ese concepto. Radek le contestó: «Lo único que importa es que aparezca en el sitio adecuado». En consecuencia, las esperanzas de que acepten el artículo son extremadamente escasas. Pues los infelices directores de este proyecto se sienten demasiado inseguros como para permitirse siquiera la posibilidad de expresar una opinión personal, ni siquiera para hacerle frente a algún mal chiste que provenga de cualquier posición de autoridad. Este incidente le resultó a Reich más desagradable que a mí. Para mí lo fue mucho más por la tarde, cuando hablé de ello con Asja, pues enseguida empezó con que algo lo que decía Radek estaba de cierto modo justificado. Seguro que había hecho algo mal; yo no sabía cómo se debían abordar aquí este tipo de cuestiones y otras cosas por el estilo. Entonces le dije a la cara que sus palabras no expresaban más que su cobardía y su necesidad de moverse, a cualquier precio, en la dirección en que soplara el viento. Dejé la habitación poco después del arribo de Reich. Como sabía que hablaría con ella de este asunto, preferí que no lo hiciera en mi presencia. Aquella noche esperaba la visita de Asja y, pese a que estaba Reich delante de nosotros hice alusión a ello desde la puerta. Compré de todo: caviar, tortas, dulces; también regalos para Daga, a quien Reich iría a ver el día siguiente. Luego me senté en mi habitación, cené y escribí. Poco después de las ocho ya había abandonado las esperanzas de que Asja llegara. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la esperé así, con tantas ansias (dadas las circunstancias, diría desde la última vez que la esperé, a secas). Y había empezado a hacer un repaso mental de las veces que la esperé cuando llamaron a la puerta. Era Asja y lo primero que dijo fue que no la habían querido dejar pasar a verme. Al principio creí que se refería a mi hotel, ya que aparentemente hay un nuevo sovietdushi[116] muy estricto. Pero se refería a Ivan Petrovich[117]. Así que también durante esa noche, o mejor dicho, durante esa hora escasa, que quedó recortada por todos lados, me encontré una vez más peleando contra el tiempo. Es cierto, fui el vencedor de la primera ronda. Le presenté rápidamente el esquema que tenía en mente y, cuando se lo expliqué, ella apretó con fuerza su frente contra la mía. Luego le leí el artículo que había escrito y también esto resulto muy bien; no sólo le gustó, sino que pensaba que era extraordinariamente claro y conciso. Hablé con ella de lo que considero realmente interesante del tema «Goethe»: el hecho de que un hombre que, como Goethe, tuvo que vivir sujeto a tantos compromisos pudiera, sin embargo, realizar cosas tan extraordinarias. A lo cual agrego que tal cosa sería impensable tratándose de un autor proletario. Pero también sostengo que la lucha de clases de la burguesía fue radicalmente distinta a la proletaria. Por eso no se pueden equiparar esquemáticamente el significado de «deslealtad» o «compromiso» en ambos movimientos. Mencioné la tesis de Lukács, que dice que el materialismo histórico, en el fondo, sólo se puede aplicar a la historia del movimiento obrero[118]. Pero Asja se cansó muy pronto. Entonces cambié al Diario de Moscú y le leí, por las buenas, un pasaje que seleccioné al azar. Pero eso fue peor. Se trataba precisamente de mis comentarios acerca de la educación comunista. «Todo esto es absurdo», dijo Asja. Estaba insatisfecha y me dijo que no conozco Rusia en absoluto. Yo, como es lógico, no se lo discutí. Y entonces empezó a hablar ella: dijo muchas cosas muy importantes, pero hacerlo le provocó una fuerte agitación. Me contó que, al principio ella tampoco había entendido a Rusia; durante las primeras semanas después de su llegada había deseado volver a Europa y pensado que, en Rusia, todo había acabado, que la oposición tenía absolutamente toda la razón. Pero, poco a poco se había ido dando cuenta de lo que estaba sucediendo allí: la transformación del trabajo revolucionario en trabajo técnico. En la actualidad, cualquier comunista comprende que el trabajo revolucionario del momento no es la lucha, la guerra civil, sino la electrificación, la construcción de canales y de fábricas. Traje a colación a Scheerbart, por cuya causa ella y Reich me habían hecho ya pasar aquí tan malos ratos: ningún autor ha sabido plasmar tan bien como él el carácter revolucionario del trabajo técnico. (Es una pena que yo no me valiera de esta fórmula tan acertada durante la entrevista). Con todas estas cosas pude retrasar su partida durante algunos minutos. Luego se marchó y, como suele ocurrir cuando se ha sentido unida a mí, no me pidió que la acompañase. Me quedé en la habitación. Durante todo ese tiempo habían estado sobre la mesa las dos velas que, desde la noche del cortocircuito, tengo siempre encendidas en la habitación. Después, cuando ya me había acostado, llegó Reich.
