Diario de Moscu

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17 de enero

Lo más importante de mi visita a Basseches el día anterior fue que logré convencerlo de que me ayudara con las formalidades de mi partida. Para eso, me pidió que pasara a verlo el lunes 16, temprano. Cuando llegué, todavía estaba en la cama. No fue nada fácil hacer que se levantara. Y era la una menos cuarto cuando finalmente llegamos a Plaza Triumfalnaia. Yo había llegado a su casa a las once. Antes, había tomado un café con una porción de torta en la confitería de siempre. Hice bien, porque con todos los trámites que tenía que hacer no iba a poder almorzar. Primero fuimos a un banco en la Petrovka, porque Basseches tenía que sacar efectivo. Aproveché para cambiar plata y guardé apenas cincuenta marcos de reserva. Después, Basseches me llevó a una oficina pequeña donde me presentó al director de un banco que conocía, un tal Dr. Schick[129], director del Departamento de Comercio Exterior. El hombre había vivido en Alemania durante mucho tiempo, había estudiado allí, sin duda venía de una familia muy adinerada y, más allá de su entrenamiento especializado, siempre le había interesado el arte. Había leído mi entrevista en el Vecherniaia Moskua. En sus días como estudiante, había conocido personalmente a Scheebart de casualidad. Entre nosotros, hubo una conexión inmediata y nuestra breve charla terminó con una invitación a cenar el día 20. Luego nos dirigimos a la Petrovka, donde me dieron el pasaporte. Después fuimos en trineo a Narkompros[130] para validar la documentación necesaria para que yo pudiera cruzar la frontera. Ese mismo día, finalmente, tuve éxito en mi empresa: convencí a Basseches de que tomara otro trineo y me acompañara a los niveles superiores del almacén estatal «GUM», donde estaban los muñecos y jinetes que yo había visto. Compramos juntos lo que quedaba en stock, elegí los diez mejores ítems y me los quedé. Cada uno costaba nada más que diez kopeks. Mi ojo observador no me había engañado: en la tienda nos dijeron que esos artículos, hechos en Viatka[131], no llegan más a Moscú; ya no tienen lugar en el mercado aquí. Por lo tanto, los que compramos eran los últimos que había. Basseches también compró telas campesinas. Fue a almorzar al Savoy con sus paquetes, mientras que yo sólo tuve tiempo para dejar las cosas en casa. Se hicieron las cuatro: hora de visitar a Asja. Nos quedamos en su cuarto apenas un instante antes de ir a ver a Reich. Manya ya estaba con él. Pero por lo menos, de esa manera, pude estar a solas con ella unos minutos nuevamente. Le pedí a Asja que viniera a casa esa noche —iba a estar libre hasta las diez y media— y ella prometió venir si podía. Reich se sentía mucho mejor. Ya no me acuerdo de qué fue que hablamos durante la visita. Nos fuimos a alrededor de las siete. Después de la cena, esperé en vano a Asja y, aproximadamente a las once menos cuarto, fui a lo de Basseches. Pero no había nadie allí. Me dijeron que no había vuelto en todo el día. O ya había leído todas las revistas que había o me parecían desagradables. Después de esperar durante media hora, cuando estaba a punto de bajar, me encontré con su amiga y —no sé muy bien por qué: quizás porque no quería ir sola con él al club— insistió para que me quedara un rato más. Eso hice. Luego, finalmente llegó Basseches. Había tenido que asistir al discurso que había dado Rykov[132] ante el congreso de Aviachim[133]. Le pedí que completara el cuestionario de mi solicitud para la visa de salida y luego nos fuimos. En el tranvía, me presentaron a un escritor de comedias que también iba al club. Acabábamos de encontrar una mesa en la sala repleta y los tres nos estábamos sentando cuando se apagaron las luces en señal de que estaba por comenzar el concierto. Tuvimos que ponernos de pie. Salí al lobby con Basseches. Unos minutos más tarde, llegó el cónsul general alemán, que tenía puesta una chaqueta de noche y venía de un banquete organizado por una importante empresa inglesa en el Bolshaia Moskovskaia. Había ido para reunirse con dos mujeres que había conocido allí y con quienes había quedado en encontrarse. Pero como no habían llegado, se quedó con nosotros. Una mujer —que al parecer había sido una princesa— cantaba canciones folk con una voz preciosa. En un momento, me quedé de pie en la oscuridad del comedor, junto a la entrada del salón iluminado; en otro, me senté en el lobby. Intercambié algunas palabras con el cónsul general, que fue de lo más cortés. Pero tenía un rostro tosco, sólo superficialmente se hacía visible su inteligencia y encajaba a la perfección con la imagen de oficial alemán del servicio extranjero que yo me había formado a partir de mi viaje por el océano[134] y los mellizos Frank y Zorn. Éramos nada más que cuatro en la cena y, como el secretario de la embajada se nos había unido, pude observarlo tranquilamente. La comida era buena: otra vez hubo vodka saborizado, aperitivos, dos entradas y helado. La multitud no podría haber sido peor: algunos artistas (de toda índole) y aun más miembros de la burguesía NEP. Resulta muy llamativo hasta qué punto todos desprecian a esta nueva burguesía, incluso los diplomáticos extranjeros; al menos a juzgar por los comentarios del cónsul general que, a mi parecer, tenían genuinamente esa intención. El empobrecimiento espiritual de esa clase social se hacía evidente en el baile posterior, que tenía todas las características de un festejo pueblerino de mal gusto. El baile era un desastre. Desafortunadamente, como los amigos de Basseches tenían ganas de bailar, la diversión duró hasta las cuatro. El vodka me había dejado exhausto, el café no me reanimaba y, como si fuera poco, me dolía la panza. Cuando finalmente me di cuenta de que estaba en un trineo de regreso al hotel, me puse muy contento; eran aproximadamente las cuatro y media cuando me fui a dormir.


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