Diario de Moscu
Diario de Moscu Lo más importante de mi visita a Basseches el dĂa anterior fue que logrĂ© convencerlo de que me ayudara con las formalidades de mi partida. Para eso, me pidiĂł que pasara a verlo el lunes 16, temprano. Cuando lleguĂ©, todavĂa estaba en la cama. No fue nada fácil hacer que se levantara. Y era la una menos cuarto cuando finalmente llegamos a Plaza Triumfalnaia. Yo habĂa llegado a su casa a las once. Antes, habĂa tomado un cafĂ© con una porciĂłn de torta en la confiterĂa de siempre. Hice bien, porque con todos los trámites que tenĂa que hacer no iba a poder almorzar. Primero fuimos a un banco en la Petrovka, porque Basseches tenĂa que sacar efectivo. AprovechĂ© para cambiar plata y guardĂ© apenas cincuenta marcos de reserva. DespuĂ©s, Basseches me llevĂł a una oficina pequeña donde me presentĂł al director de un banco que conocĂa, un tal Dr. Schick[129], director del Departamento de Comercio Exterior. El hombre habĂa vivido en Alemania durante mucho tiempo, habĂa estudiado allĂ, sin duda venĂa de una familia muy adinerada y, más allá de su entrenamiento especializado, siempre le habĂa interesado el arte. HabĂa leĂdo mi entrevista en el Vecherniaia Moskua. En sus dĂas como estudiante, habĂa conocido personalmente a Scheebart de casualidad. Entre nosotros, hubo una conexiĂłn inmediata y nuestra breve charla terminĂł con una invitaciĂłn a cenar el dĂa 20. Luego nos dirigimos a la Petrovka, donde me dieron el pasaporte. DespuĂ©s fuimos en trineo a Narkompros[130] para validar la documentaciĂłn necesaria para que yo pudiera cruzar la frontera. Ese mismo dĂa, finalmente, tuve Ă©xito en mi empresa: convencĂ a Basseches de que tomara otro trineo y me acompañara a los niveles superiores del almacĂ©n estatal «GUM», donde estaban los muñecos y jinetes que yo habĂa visto. Compramos juntos lo que quedaba en stock, elegĂ los diez mejores Ătems y me los quedĂ©. Cada uno costaba nada más que diez kopeks. Mi ojo observador no me habĂa engañado: en la tienda nos dijeron que esos artĂculos, hechos en Viatka[131], no llegan más a MoscĂş; ya no tienen lugar en el mercado aquĂ. Por lo tanto, los que compramos eran los Ăşltimos que habĂa. Basseches tambiĂ©n comprĂł telas campesinas. Fue a almorzar al Savoy con sus paquetes, mientras que yo sĂłlo tuve tiempo para dejar las cosas en casa. Se hicieron las cuatro: hora de visitar a Asja. Nos quedamos en su cuarto apenas un instante antes de ir a ver a Reich. Manya ya estaba con Ă©l. Pero por lo menos, de esa manera, pude estar a solas con ella unos minutos nuevamente. Le pedĂ a Asja que viniera a casa esa noche —iba a estar libre hasta las diez y media— y ella prometiĂł venir si podĂa. Reich se sentĂa mucho mejor. Ya no me acuerdo de quĂ© fue que hablamos durante la visita. Nos fuimos a alrededor de las siete. DespuĂ©s de la cena, esperĂ© en vano a Asja y, aproximadamente a las once menos cuarto, fui a lo de Basseches. Pero no habĂa nadie allĂ. Me dijeron que no habĂa vuelto en todo el dĂa. O ya habĂa leĂdo todas las revistas que habĂa o me parecĂan desagradables. DespuĂ©s de esperar durante media hora, cuando estaba a punto de bajar, me encontrĂ© con su amiga y —no sĂ© muy bien por quĂ©: quizás porque no querĂa ir sola con Ă©l al club— insistiĂł para que me quedara un rato más. Eso hice. Luego, finalmente llegĂł Basseches. HabĂa tenido que asistir al discurso que habĂa dado Rykov[132] ante el congreso de Aviachim[133]. Le pedĂ que completara el cuestionario de mi solicitud para la visa de salida y luego nos fuimos. En el tranvĂa, me presentaron a un escritor de comedias que tambiĂ©n iba al club. Acabábamos de encontrar una mesa en la sala repleta y los tres nos estábamos sentando cuando se apagaron las luces en señal de que estaba por comenzar el concierto. Tuvimos que ponernos de pie. SalĂ al lobby con Basseches. Unos minutos más tarde, llegĂł el cĂłnsul general alemán, que tenĂa puesta una chaqueta de noche y venĂa de un banquete organizado por una importante empresa inglesa en el Bolshaia Moskovskaia. HabĂa ido para reunirse con dos mujeres que habĂa conocido allĂ y con quienes habĂa quedado en encontrarse. Pero como no habĂan llegado, se quedĂł con nosotros. Una mujer —que al parecer habĂa sido una princesa— cantaba canciones folk con una voz preciosa. En un momento, me quedĂ© de pie en la oscuridad del comedor, junto a la entrada del salĂłn iluminado; en otro, me sentĂ© en el lobby. IntercambiĂ© algunas palabras con el cĂłnsul general, que fue de lo más cortĂ©s. Pero tenĂa un rostro tosco, sĂłlo superficialmente se hacĂa visible su inteligencia y encajaba a la perfecciĂłn con la imagen de oficial alemán del servicio extranjero que yo me habĂa formado a partir de mi viaje por el ocĂ©ano[134] y los mellizos Frank y Zorn. Éramos nada más que cuatro en la cena y, como el secretario de la embajada se nos habĂa unido, pude observarlo tranquilamente. La comida era buena: otra vez hubo vodka saborizado, aperitivos, dos entradas y helado. La multitud no podrĂa haber sido peor: algunos artistas (de toda Ăndole) y aun más miembros de la burguesĂa NEP. Resulta muy llamativo hasta quĂ© punto todos desprecian a esta nueva burguesĂa, incluso los diplomáticos extranjeros; al menos a juzgar por los comentarios del cĂłnsul general que, a mi parecer, tenĂan genuinamente esa intenciĂłn. El empobrecimiento espiritual de esa clase social se hacĂa evidente en el baile posterior, que tenĂa todas las caracterĂsticas de un festejo pueblerino de mal gusto. El baile era un desastre. Desafortunadamente, como los amigos de Basseches tenĂan ganas de bailar, la diversiĂłn durĂł hasta las cuatro. El vodka me habĂa dejado exhausto, el cafĂ© no me reanimaba y, como si fuera poco, me dolĂa la panza. Cuando finalmente me di cuenta de que estaba en un trineo de regreso al hotel, me puse muy contento; eran aproximadamente las cuatro y media cuando me fui a dormir.
