Diario de Moscu
Diario de Moscu A la mañana, fui a visitar a Reich a la habitación de Manya. Tenía que llevarle un par de cosas. Pero al mismo tiempo, iba a verlo para suavizar los roces de los días previos a su enfermedad. Me lo gané porque me quedé escuchando atentamente sus ideas para un libro sobre política y teatro que quiere publicar a través de una editorial rusa[135]. También comentamos las ideas para un libro sobre arquitectura de teatros, libro que podría haber escrito junto a Poelzig[136] y que, dada la magnitud y la solidez de la investigación sobre diseño escénico y vestuario teatral, sería de gran interés ahora. Antes de irme, bajé a comprarle cigarrillos y accedí a hacerle un trámite en Dom Herzena. Luego fui al Museo Histórico. Estuve más de una hora recorriendo la interesantísima colección icónica, donde además descubrí una gran cantidad de obras posteriores de los siglos XVII y XVIII. Pero ¡cuánto tiempo le llevó al niño Jesús conseguir libertad de movimiento en los brazos de su madre! Ese movimiento que ejercitó durante estos últimos períodos. Asimismo, la mano del niño tardó siglos en encontrar la mano de la madre de Dios: lo único que muestran los pintores bizantinos es una mano frente a la otra. A continuación, hice un recorrido rápido por la sección arqueológica y sólo me detuve un rato frente a algunas pinturas del monte Athos. Al salir del museo, estuve más cerca de descifrar el misterio del poderoso efecto que tiene la catedral Blagoveshchenski, que había sido mi primera impresión de Moscú y la única interesante. Ese efecto se debe a que, cuando uno se acerca a la Plaza Roja desde la Plaza de la Revolución, la primera aparece en una leve pendiente ascendente y eso hace que las cúpulas de la catedral emerjan de a poco como por detrás de una montaña. Era un día hermoso y soleado y, una vez más, fue con mucha alegría que me encontré con la imagen de la catedral. No pude conseguir nada de dinero para Reich en Dom Herzena. Llegué a la puerta de la casa de Asja a las cuatro menos cuarto y, adentro, todo estaba a oscuras. Golpeé suavemente a la puerta dos veces y, como nadie contestó, esperé en la sala de entretenimiento. Leí las Nouvelles littiraires. Pasó un cuarto de hora y seguían sin contestar; así que abrí la puerta y vi que no había nadie. Aunque me molestó que Asja se hubiera ido tan temprano sin siquiera esperarme, fui a lo de Reich con la intención de planear algo para hacer con ella a la noche. No pude ir al Teatro Maly con ella como hubiera querido porque, esa mañana, Reich había objetado mi plan. (Más tarde, cuando conseguí entradas para la noche, no pude hacer uso de ellas). Una vez arriba, ni siquiera me molesté en quitarme las cosas; me quedé quieto. Otra vez Manya explicaba algo con vehemencia en un tono altísimo. Le estaba mostrando a Reich un atlas de estadísticas. De pronto, Asja se volvió hacia mí y me dijo, sin rodeos, que no había venido a verme la noche anterior porque había tenido unos dolores de cabeza muy fuertes. Yo estaba acostado en el sofá, con mi sobretodo puesto, y fumaba la pipa pequeña que uso exclusivamente en Moscú. Finalmente, no sé cómo logré transmitirle a Asja que viniera a mi casa después de la cena y que iríamos a algún lugar o le leería la escena lésbica[137]. Y luego me quedé unos minutos para que no pareciera que había ido hasta ahí solamente para decirle eso. Al rato, me puse de pie y dije que tenía que irme. «¿Adónde?». «A casa». «Creí que vendrías al sanatorio con nosotros». «¿No se quedarán aquí hasta las siete?», pregunté con algo de hipocresía, porque esa mañana había oído que la secretaria de Reich estaba por llegar. Al final, me quedé, pero no volví al sanatorio con Asja. Pensé que sería más probable que viniera a la noche si la dejaba descansar un rato. Mientras tanto, fui a comprarle caviar, mandarinas, caramelos y tortas. En la repisa donde están mis juguetes, también había dejado dos muñecos de arcilla para que ella eligiera uno y se lo quedara. Y finalmente vino. Apareció con la excusa de «puedo quedarme sólo cinco minutos y tengo que irme enseguida». Pero esta vez lo decía en broma. Me había parecido que durante los últimos días, en medio de nuestras violentas discusiones, se había sentido más atraída a mí. Pero no estaba seguro de cuánto. Yo estaba de buen humor cuando ella llegó porque acababa de recibir el correo, que traía buenas noticias de Wiegand, Müller-Lehning y Else Heinle[138]. Las cartas seguían sobre la cama, donde las había estado leyendo. Además, Dora[139] me avisaba que me habían enviado dinero; así que decidí extender mi visita un poco. Se lo conté a Asja y me abrazó. Las circunstancias de las últimas semanas habían sido tan complejas en su conjunto que ni por casualidad me esperaba semejante gesto y tardé un rato en alegrarme. Me sentí como un jarrón de cuello angosto al que estaban llenando de agua con una cubeta. Poco a poco y deliberadamente, me había ido cerrado tanto hacia mis adentros que el poder absoluto de las impresiones externas ya casi no tenía ningún efecto en mí. Pero eso se disipó en el transcurso de la noche. Primero, le pedí un beso a Asja en medio de las protestas de siempre. Pero después fue como si se hubiera activado un interruptor de electricidad y, mientras yo intentaba hablar o leer en voz alta, ella no dejaba de insistirme para que le diera otro beso más. Resurgió la ternura que había quedado prácticamente olvidada. Mientras tanto, le traje la comida que había comprado y los muñecos; eligió uno, que ahora reposa frente a su cama, en el sanatorio. También saqué el tema de mi estadía en Moscú una vez más. Y como ella ya había pronunciado las palabras decisivas el día anterior, mientras íbamos camino a lo de Reich, lo único que yo tenía que hacer era repetirlas: «Moscú ocupa un lugar tan importante en mi vida que sólo puedo experimentarla a través de ti; eso es así más allá de cualquier romance o interés amoroso». Pero de todas formas —y esto también me lo había dicho desde un principio— seis semanas no alcanzan para empezar a sentirse a gusto en una ciudad, especialmente cuando uno no sabe el idioma y eso lo hace toparse con obstáculos en cada esquina. Asja me pidió que quitara las cartas y se acostó en la cama. Nos besamos mucho. Pero lo que más me excitó fue cómo me tocaban sus manos; de hecho, ella misma me había contado una vez que todos los que le tenían cariño sentían las poderosísimas fuerzas que emanaban sus manos. Puse la palma de mi mano derecha contra la de su mano izquierda y así nos quedamos por largo rato. Asja se acordó de la hermosa y diminuta carta que le había dado una noche en Via Depretis, en Nápoles, sentados en un pequeño café que se encontraba en una calle casi desierta. Tengo que intentar encontrarlo en Berlín. Luego, le leí la escena lésbica de Proust. Asja captó el nihilismo salvaje: cómo Proust, en cierto modo, se aventura en lo más recóndito y privado del pequeño burgués que lleva la inscripción del sadismo y, luego, sin piedad alguna, destroza todo, de manera que no quede ni un vestigio de la noción impoluta y bien definida de maldad; y así, en cada fractura, el mal evidencia explícitamente su verdadera materia: la «humanidad» o incluso la «bondad». Y mientras le explicaba esto a Asja, vi con claridad la estrecha relación que tiene con el espíritu de mi libro sobre el barroco; de la misma manera que la noche anterior, mientras leía solo en mi habitación y me crucé con el fragmento extraordinario sobre el Caritas de Giotto[140], había visto con claridad que, aquí, Proust desarrollaba una idea que se correspondía completamente con lo que yo mismo intenté subsumir bajo el concepto de «alegoría».
