Diario de Moscu

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27 de enero

Todavía estoy usando el saco de Basseches. Éste es un día importante. Fui al Museo del Juguete de nuevo esta mañana y las probabilidades de resolver el asunto de las fotografías ahora son buenas. Vi los objetos que Bartram tiene en su oficina. Me impresionó mucho un mapa largo, angosto y rectangular sobre la pared que representa alegóricamente la historia como una serie de corrientes, bandas sinuosas de diferentes colores. Los nombres y las fechas estaban grabados en cada corriente en orden cronológico. El mapa fue hecho a principios del siglo XIX. Yo lo hubiese ubicado ciento cincuenta años antes. A su lado, había un reloj mecánico interesante, un paisaje colgado de la pared en una caja de vidrio. El mecanismo estaba roto y el reloj, cuyas campanadas alguna vez pusieron en marcha molinos, ruedas de agua, postigos de ventanas y figuras humanas, ya no funcionaba. A ambos lados de esto, también bajo vidrio, había composiciones semejantes en relieve —el saqueo de Troya, Moisés haciendo brotar agua de la roca— pero estaban inmóviles. Además de todo esto, había libros para niños, una colección de naipes y una variedad de otras cosas. El museo estaba cerrado ese día (jueves) y el camino a la oficina de Bartram iba por un patio que bordeaba una antigua iglesia particularmente hermosa. La variedad de estilos de torres de las iglesias es verdaderamente excepcional. Asumo que el angosto obelisco, delicado, con forma de aguja, data del siglo XVIII. Estas iglesias se elevan por arriba de los patios de forma muy similar a cómo emergen las iglesias de las aldeas desde un paisaje ocupado por muy pocos edificios. Inmediatamente, me fui a casa para deshacerme de una enorme placa —un periódico raro, un poco dañado y desafortunadamente pegado a un cartón, que Bartram me había mostrado desde que consiguió un duplicado de éste para su colección. Partí hacia lo de Reich. Asja y Manya recién llegaban (sólo durante la siguiente visita conocería a la encantadora Dasha, una judía ucraniana que cocinaba para Reich). La atmósfera estaba cargada cuando entré, y me tomó cierto esfuerzo evitar que explotara contra mí. Sentí que era yo el que lo provocó cuando entré, pero las razones eran tan banales que no tenía deseo de recordarlas. Y, predeciblemente, las cosas explotaron entre ellos un rato después, mientras Asja, malhumorada e irritable, estaba haciendo la cama de Reich. Al fin nos fuimos. Asja estaba preocupada con todos los esfuerzos que había estado haciendo para encontrar un trabajo y me habló sobre esto en el camino. De hecho, sólo caminamos juntos hasta la siguiente estación del tranvía. Estaba más o menos esperanzado por verla esa noche, pero primero una conversación telefónica decidiría si ella iría a ver a Knorin. Ya me había acostumbrado a no ilusionarme con sus promesas. Y cuando me llamó más tarde para decirme que estaba demasiado cansada para ir a su cita con Knorin, pero que inesperadamente la modista le había informado que debía ir a buscar su vestido esa misma noche, ya que no habría nadie en casa el día siguiente —la modista debía internarse en el hospital— abandoné toda esperanza de verla esa noche. Pero las cosas funcionaron distinto: Asja me pidió que me juntara con ella enfrente de la casa de la modista y prometió que luego iríamos juntos a algún lugar cuando ella terminara. Teníamos pensado ir a uno de los lugares del Arbat. Llegamos a la casa de la modista, que estaba al lado del Teatro de la Revolución, virtualmente al mismo tiempo. Luego tuve que esperar enfrente por casi una hora —al final estaba casi convencido de que de alguna manera no había visto salir a Asja durante el rato que había ido a ver uno de los patios de la casa. Había estado durante diez minutos diciéndome a mí mismo que era una locura seguir esperando así cuando finalmente salió. Nos fuimos al Arbat. Y luego de dudar brevemente, fuimos a un restaurante llamado Praga. Subimos por la escalera curvada que llevaba al segundo piso y entramos a un ambiente luminoso con muchas mesas, la mayoría estaban desocupadas. A la derecha, al otro lado del ambiente, había un escenario en el que cada tanto emanaba una orquesta de música, la voz de un lector o canciones de un coro ucraniano. Cambiamos de mesa de inmediato, Asja sentía una brisa fría desde la ventana. Ella estaba avergonzada de haber ido a un establecimiento «refinado» usando zapatos rotos. Se había puesto el vestido en lo de la modista. Lo había cosido con una tela vieja y apolillada, pero se veía muy bien en ella. Empezamos a hablar sobre Astachov. Asja pidió shashlyk y un vaso de cerveza. Estábamos allí sentados, cara a cara, pensando en mi partida, mirándonos. En ese momento, Asja me dijo, siendo probablemente esa la primera vez que ella había sido tan abierta, que hubo un tiempo en el que ella hubiese querido que nos casáramos. Y pensaba que si las cosas no se dieron de ese modo, había sido yo, y no ella, el que había echado a perder la oportunidad. (Quizás ella no usó exactamente un término tan tajante como «echar a perder»; no lo recuerdo). Le dije que si hubiera querido que nos casáramos, entonces sus demonios habían desempeñado un rol en ese deseo Sí, ella había pensado en lo increíblemente cómico que hubiese sido presentarse como mi esposa ante mis conocidos. Pero ahora, a raíz de su enfermedad, ella estaba libre de esos demonios. Se había convertido completamente en pasiva. Pero ya no había más futuro para nosotros. Le dije: «Pero me quedaré contigo, aunque te vayas a Vladivostok, te seguiré allí». «¿Quieres seguir jugando a ser el amigo de la familia con el General, también? Si él fuera tan tonto como Reich y no te echara de la casa, no tendría nada en contra de eso. Y si de hecho te echara, tampoco tendría nada en contra de eso». En otro momento ella dijo: «Ya me acostumbré a ti». — Yo agregué: «Los primeros días después de que llegué, te dije que estaba listo para casarme contigo. Pero no sé realmente si podría hacerlo. No creo que pueda manejarlo». Y luego ella dijo algo bastante hermoso: «¿Por qué no? Soy un perro fiel. Cuando vivo con un hombre, adopto actitudes bárbaras. Claro que eso está mal, pero no puedo hacer nada al respecto. Si estuvieras conmigo, no atravesarías toda esa ansiedad y tristeza que tan frecuentemente padeces». Seguimos hablando de esta manera. ¿Seguiría yo mirando la luna siempre pensando en Asja? Dije que esperaba que las cosas hayan mejorado para la siguiente vez que nos viéramos. «¿Quieres decir que estarás lo suficientemente bien para estar conmigo las veinticuatro horas del día?». Dije que eso no era exactamente lo que yo tenía en mente, sólo pensaba en estar más cerca de ella o en hablar con ella. Si tan sólo estuviera más cerca de ella, volvería este deseo. «Qué encantador», dijo ella. Esta conversación me dejó muy alterado todo el día siguiente e incluso durante la noche. Pero mi deseo de viajar fue, de hecho, más poderoso que mi deseo de estar con ella, a pesar de que ésto bien podría ser por todos los obstáculos que sufrió ese deseo. Obstáculos que siguen sucediendo. La vida en Rusia no es muy complicada para mí dentro del Partido y había muchos menos prospectos fuera de éste, a pesar de que es difícil afirmar que la vida aquí es menos complicada. Ella, por otro lado, ya hizo raíces aquí en Rusia. Luego, claro, está la nostalgia por Europa, algo que explica de algún modo la atracción de ella hacia mí. Vivir en Europa con ella —esto podría convertirse algún día en lo más importante, la cosa más tangible para mí, si tan sólo ella lo hubiera podido superar— es algo sobre lo que tengo dudas. Tomamos un trineo para volver al departamento, nos abrazamos estrechamente. Estaba oscuro. Este fue el único momento en la oscuridad que compartimos en Moscú: afuera, en el medio de la calle, en el asiento angosto de un trineo.


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