Diario de Moscu
Diario de Moscu En otro sitio vi una venta de hamacas para niños en la calle. Moscú se había librado prácticamente del tañido de las campanas, ese sonido que suele esparcir una inevitable tristeza sobre las grandes ciudades. Esto también es algo que sólo se reconoce y aprecia al regresar. Asja estaba esperándome cuando llegué a la estación Yaroslavsky. Me retrasé porque tuve que esperar el tranvía durante quince minutos y no había colectivos el domingo a la mañana. No quedó tiempo para desayunar. El día, o al menos la mañana, transcurrió entre ataques de ansiedad. Sólo durante el viaje de regreso del sanatorio pude disfrutar por completo el magnífico paseo en trineo. El clima era templado y nos daba el sol en la espalda; cuando posé mi mano en la espalda de Asja, incluso pude sentir su calor. Nuestro izvoshchik era hijo del conductor habitual de Reich. Esta vez me enteré que las encantadoras casitas en el camino no eran dachas, sino hogares de los campesinos adinerados. Asja se sintió muy feliz durante el paseo, por eso el shock que sufrió al llegar fue aún mayor. Daga no estaba afuera con los otros chicos que jugaban en la nieve, bajo la cálida luz del sol. La llamaron dentro de la casa. Ella bajó por las escaleras de piedra al lobby con lágrimas en su cara, con sus medias y zapatos rotos, casi descalza. Resulta que nunca recibió el paquete con medias que le enviaron y nadie se había ocupado de ella en absoluto durante dos semanas. Asja estaba tan alterada que apenas podía hablar y fue incapaz de descargarse con la doctora, tal como lo hubiera deseado. Pasó prácticamente todo el tiempo sentada junto a Daga en un banco de madera cerca de la entrada, cosiendo con desesperación los zapatos y las medias.