Diario de Moscu
Diario de Moscu Comencé a sentir uno de esos dolores de espalda que se volvieron recurrentes durante mis últimos días en Moscú. Finalmente, una vecina nos trajo la comida. Estaba muy rica. Luego Asja y yo nos retiramos, cada uno por su lado, para reencontrarnos más tarde en el ballet. Pasamos cerca de un borracho que estaba tendido en la calle, fumando un cigarrillo. Acompañé a Asja hasta el tranvía y después regresé al hotel a buscar los tickets del teatro. Esa noche había una función de Petrushka, de Stravinsky; Les Sylphides[165] —el ballet de un compositor poco importante— y Capriccio Espagnol de Rimsky-Korsakov. Llegué temprano y, teniendo en cuenta que era la última noche en Moscú en la que podría hablar con Asja en privado, la esperé en el hall de entrada, deseando la oportunidad de ingresar al teatro temprano para sentarnos ahí por un largo rato, antes de que levantaran las cortinas. Asja llegó tarde, pero de todas formas pudimos llegar hasta nuestros asientos justo a tiempo. Atrás nuestro se sentaron unos alemanes; en nuestra fila había una pareja japonesa con sus dos hijas, ambas de brillante cabello negro, peinado al estilo japonés. Estábamos sentados a siete filas del escenario. En el segundo ballet aparecía la famosa bailarina Gelzer[166], aunque ahora algo mayor, que Asja había conocido en Orel. Les Sylphides es un ballet ridículo en varios aspectos, pero sirve para hacerse una excelente idea del estilo que solía tener este teatro. La pieza data, quizás, de los días de Nicolás I. Provee ese tipo de entretenimiento que uno puede observar en los desfiles. Como gran fina, la magnífica puesta en escena del ballet de Rimsky-Korsakov, interpretado con la energía y la velocidad del viento. Hubo dos intervalos. Durante el primero me aparté de Asja y salí a buscar un programa en el frente del teatro. Cuando regresé a mi asiento ella estaba inclinada sobre la pared, conversando con un hombre. Luego Asja me explicó que se trataba de Knorin y noté horrorizado que lo había mirado en forma ofensiva. Él siempre se empeña en tutearla, así que a ella no le queda más remedio que responder de la misma forma. Cuando le preguntó si estaba en el teatro sola, ella dijo que no, que estaba con un periodista de Berlín. Ella le había contado antes sobre mí. Esta noche Asja tenía puesto el vestido nuevo, confeccionado con la tela que le compré. En sus hombros llevaba el chal amarillo que le había traído desde Roma. Dado que su cara también tenía un color amarillento, sin el menor indicio de rojo —en parte por su naturaleza, en parte por culpa de su enfermedad y el cansancio de aquel día—, su aspecto general consistía en una escala de tres tonalidades cromáticas similares. Después del teatro, sólo tuve tiempo para hablar con ella sobre la noche siguiente. Planeaba ausentarme todo el día para realizar el viaje a Troitse[167], por lo tanto disponía únicamente de la noche para estar con Asja. Pero ella quería quedarse en casa porque en la mañana siguiente pensaba visitar de nuevo a Daga. Entonces quedamos en que yo iría a verla por la noche, aunque llegamos a este acuerdo a último momento. En medio de nuestra discusión, Asja quiso saltar a un tranvía pero después decidió no hacerlo. Nos encontrábamos rodeados por la multitud y el bullicio de la enorme plaza frente al teatro. Los sentimientos de amor y odio alternaban dentro de mí como ráfagas de viento; por último nos dijimos adiós, ella desde la plataforma del tranvía y yo quedándome atrás, intentando decidir si debía seguirla, saltar hacia el tranvía con ella o no.