Diario de Moscu
Diario de Moscu Mi viaje de regreso se había fijado irrevocablemente para el 1 de febrero (cuando reservé mi pasaje, el 30 de enero). Pero todavía tenía que tramitar mi equipaje en la aduana. Tal como lo habíamos convenido, llegué a la casa de Basseches a las ocho menos cuarto con el objetivo de tener suficiente tiempo para ir a la aduana y luego tomar el tren de las diez. En realidad, el tren no salió hasta las diez y media, aunque no descubrimos esto a tiempo para hacer un buen uso de la media hora extra. De hecho, fue gracias a esta demora que pudimos realizar nuestra excursión a Troitse. Si el tren hubiese partido efectivamente a las diez, sin duda lo habríamos perdido. Los trámites en la oficina de la aduana se prolongaron en forma angustiosa y ni siquiera pudimos dejar todos los asuntos listos ese día. Por supuesto, tuve que volver a pagar un taxi. Todo este esfuerzo resultó ser innecesario porque no prestaron atención a los juguetes y de seguro pasaría lo mismo en la frontera. El sirviente nos acompañó a buscar mi pasaporte en la oficina de la aduana para llevarlo inmediatamente al consulado de Polonia y retirar mi visa. Entonces: no sólo llegamos a tiempo al tren, sino que esperamos en el vagón durante veinte minutos antes de que saliera. Me dije a mí mismo, algo enojado, que podría haber resuelto los trámites de la aduana en el interín. Pero Basseches ya estaba de mal humor, así que me reservé esos pensamientos. El viaje fue monótono. Me había olvidado de llevar algo para leer y dormí parte del trayecto. Llegamos a nuestro destino dos horas después. Aún no había mencionado mi intención de comprar algunos juguetes allá. Tenía miedo de agotar su paciencia. Por casualidad nuestros primeros pasos nos llevaron hasta una juguetería, así que le conté lo que tenía en mente. Sin embargo, evité arrastrarlo dentro de la tienda de inmediato. El gran complejo del monasterio con apariencia de fortaleza se encontraba delante de nosotros, en una ligera elevación del terreno. El paisaje fue mucho más espectacular de lo que esperaba. Encerrado en sí mismo como una ciudad fortificada, tal vez era similar a Asís; pero curiosamente me hizo acordar primero a Dachau[168]: su colina, coronada con una iglesia, se alza sobre la ciudad justo como en este caso la iglesia emerge desde el centro de las largas filas de edificios. Todo parecía un poco muerto aquel día: las diversas tiendas de sastres, relojeros, panaderos y zapateros que se extienden al pie de la colina del monasterio estaban cerradas. Aquí también el clima invernal era extremadamente agradable y cálido, aunque el sol no brillara. El hallazgo de la juguetería había incrementado mi deseo de hacer algunas compras y, en consecuencia, comencé a impacientarme durante la visita a los tesoros del monasterio. Me comporté exactamente como esa clase de turistas que nadie debe odiar más que yo. Nuestro guía, el administrador del monasterio convertido en museo, era demasiado amable, pero mi ansiedad tenía además otras causas. Hacía demasiado frío en la mayoría de las habitaciones por las que pasamos, precedidos por un empleado que retiraba las fundas de las vitrinas con tapices, artículos de oro y plata, manuscritos y objetos religiosos de valores incalculables. Y es probable que durante esta visita guiada de una hora haya comenzado el terrible resfrío con el que regresé a Berlín. Por último, la infinidad de objetos preciosos, cuyo valor artístico real sólo puede ser percibido en su mayoría por un especialista o connoisseur, produce un efecto de embotamiento, incluso logra insensibilizar la mirada. Para colmo, Basseches pretendía ver «todo» lo que había para ver y hasta pidió que lo condujeran a la cripta. Ahí se encontraban los restos de San Sergio, fundador del monasterio, expuestos en una vitrina. Es imposible enumerar, aunque sea en forma parcial, todo lo había en ese lugar. Inclinado sobre la pared estaba el famoso ícono de Rubliov, que se había convertido en un símbolo de este monasterio. Más tarde, cuando pasábamos por la catedral, vimos el espacio vacío en el iconostasio donde había estado el cuadro antes de la restauración. Los murales de la catedral se encuentran seriamente amenazados. Dado que la calefacción central no se utiliza, la temperatura de las paredes aumenta abruptamente en primavera causando grietas y fisuras por las que se filtra la humedad. En un armario vi el enorme revestimiento de metal, incrustado en su totalidad con piedras preciosas, que estaba destinado al cuadro de Rubliov. Las únicas partes del cuerpo de los ángeles sin decoraciones son aquellas que la ropa no cubre: los rostros y las manos. Todo lo demás está cubierto por una gruesa capa de oro y, cuando la plantilla se coloca sobre los cuellos y los brazos, comprimidos como si fuesen cadenas de metal pesado, debe otorgar a los ángeles la apariencia de criminales chinos con grilletes, expiando sus crímenes. El tour finalizó en la habitación de nuestro guía. El anciano había estado casado, pues nos mostró los retratos en óleo de su esposa e hija colgados en las paredes. Pero ahora vive solo en esta amplia y luminosa sala monacal, sin quedar aislado por completo del mundo porque varios extranjeros visitan el monasterio. Sobre una mesa pequeña había un paquete abierto con textos académicos que habían sido enviados desde Inglaterra. Aquí también firmamos el libro de visitas. Aún entre la burguesía, esta costumbre parece sobrevivir mucho más en Rusia que en este país, al menos teniendo en cuenta que Shick también me presentó un álbum para firmar. Por otro lado, la estructura del monasterio era mucho más impresionante que cualquiera de los objetos que contenía. Antes de dirigirnos al gran espacio rodeado por los edificios amurallados, nos detuvimos frente al portal. Había dos placas de bronce, a la izquierda y a la derecha, con inscripciones y datos sobre lo que se conocía de la historia del monasterio. Más hermosos y simples que la iglesia rosa-amarillenta al estilo rococó, elevada en el centro del patio y rodeada por construcciones más pequeñas y antiguas (entre ellas, el mausoleo de Boris Godunov[169]), son las extensas edificaciones agrícolas y las viviendas que forman un rectángulo alrededor de la enorme plaza abierta. El edificio más bello de todos es el gran refectorio de colores intensos. La vista desde sus ventanas alcanza tanto la plaza como las acequias, los pasajes entre muros, un laberinto de fortificaciones de piedra. También existió aquí un pasaje subterráneo que dos monjes hicieron estallar, al costo de sus propias vidas, para salvar el monasterio durante una invasión. Comimos en una stolovaya ubicada en el patio, en diagonal a la entrada. Zakuski, vodka, sopa y carne. Había una gran cantidad de salas grandes y repletas de gente, con varios estereotipos de aldeanos rusos o, más bien, habitantes de pequeñas ciudades —puesto que Sergeyevo fue declarado «pueblo» hace poco tiempo. Mientras comíamos, un vendedor ambulante se acercó pregonando unas estructuras de alambre que al instante se podían transformar en pantallas de lámpara, platos o recipientes para frutas. Besseches consideró que provenían de Croacia. Al observar esos artefactos más bien desagradables, sentí el recuerdo de un pasado distante revolviéndose en mi interior. Mi padre debe haber comprado algo parecido durante unas vacaciones de verano (¿en Freudenstadt, tal vez?) cuando yo era muy joven. Durante el almuerzo, Basseches le pidió al mozo las direcciones de las jugueterías locales y entonces seguimos nuestro camino. Apenas habíamos caminado unos diez minutos cuando Basseches se detuvo a pedir indicaciones que nos hicieron dar la vuelta. Tomamos un trineo que casualmente pasaba por ahí. La caminata después de la comida había agotado mis energías, así que ni siquiera quise preguntar por qué habíamos cambiado de dirección. Algo estaba claro: era más probable encontrar lo que buscaba en los comercios cercanos a la estación de tren. Había dos locales, no muy lejos el uno del otro. El primero tenía artículos de madera. Encendieron las luces cuando entramos porque ya se estaba poniendo oscuro. Tal como esperaba, un almacén de juguetes de madera no podía ofrecerme demasiadas sorpresas. Compré algunas piezas, más por insistencia de Basseches que por iniciativa propia, pero ahora estoy feliz de haberlo hecho. Aquí también perdimos tiempo, tuve que esperar una eternidad para conseguir que nos cambiaran un chervonetz en el barrio. Me consumía la impaciencia por llegar a la tienda de los juguetes de papel maché; temía que ya estuviese cerrada. Pero no fue así. Sin embargo, cuando por fin llegamos, el lugar ya estaba completamente oscuro en su interior y no había iluminación en el depósito. Tuvimos que tantear a lo largo de las estanterías al azar. De vez en cuando encendía un fósforo. Así llegaron a mis manos ciertos artículos muy hermosos que quizás no hubiera encontrado de otro modo, porque obviamente no fuimos capaces de explicarle al hombre lo que estábamos buscando. Finalmente, cuando regresamos al trineo, cada uno de nosotros tenía dos grandes paquetes (además, Basseches llevaba un montón de folletos que había comprado en el monasterio a fin de reunir material para un artículo). Aliviamos la espera prolongada en el sombrío restaurante de la estación de tren con más té y zakuski. Yo estaba cansado y comenzaba a sentirme enfermo. Esto se debía, en parte, a mi angustia por todas las cosas que habían quedado pendientes en Moscú. El viaje de vuelta fue pintoresco. En nuestro vagón había un farol encendido cuya vela de estearina fue robada durante el trayecto. No lejos de nuestros asientos había una estufa de hierro. También había grandes leños desparramados al azar debajo de los bancos. De vez en cuando, alguno de los empleados se dirigía a un asiento, lo levantaba y retiraba más combustible de esa especie de cofre abierto. Llegamos a Moscú a las ocho. Esta fue mi última noche. Basseches llamó un taxi. Le pedí que espere frente a mi hotel mientras bajaba los juguetes que había comprado y, a toda prisa, busqué los manuscritos que debía entregarle a Reich en una hora. En la casa de Basseches, otorgué detalladas instrucciones a su sirviente y prometí que lo pasaría a buscar cerca de las once y media. Después tomé un tranvía y por suerte adiviné en qué estación tenía que descender para dirigirme al departamento de Reich, así que llegué más temprano de lo que esperaba. Con gusto hubiera tomado un trineo, pero era imposible: no sabía el nombre de la calle en la que vivía Reich y tampoco era capaz de localizar el nombre de la plaza aledaña en el mapa de la ciudad. Asja ya se había acostado. Dijo que me había esperado por un largo tiempo, pero luego pensó que no llegaría. Le habría gustado salir de inmediato conmigo para mostrarme un sórdido bar que descubrió por casualidad en el barrio. También había una casa de baños públicos en la zona. Se había encontrado con todo esto cuando se perdió y tuvo que encontrar su camino de regreso entre patios y pasajes laterales. Reich también estaba en la habitación; se estaba dejando crecer la barba. Yo estaba demasiado fatigado, a tal punto que, exagerando mi profundo cansancio, reaccioné con crueldad a una de las usuales y angustiosas preguntas de Asja (sobre su pequeña esponja, etc.). Pero la conversación pasaba muy rápido. Les conté lo mejor que pude sobre mi excursión, en el corto tiempo del que disponíamos. Luego me dieron algunos mensajes que debía entregar en Berlín: llamados telefónicos a una gran variedad de conocidos. Más tarde, Reich se fue de la habitación para escuchar la transmisión radiofónica de El Revisor, interpretada por Chekhov[170] en el Teatro Bolshoi. Me quedé un rato a solas con Asja. Ella planeaba visitar a Daga en la mañana siguiente, por lo tanto yo debía tener en cuenta que quizás no la volvería a ver antes de mi partida. Cuando Reich regresó, Asja fue al cuarto contiguo a escuchar la radio. No me quedé mucho más tiempo, pero antes de salir les mostré las postales que había traído del monasterio.
