Diario de Moscu
Diario de Moscu Por la mañana fui una vez más a la pastelería, pedí café y comí un pastelito. Luego, al Museo del Juguete. Algunas de las fotografías que había ordenado no estaban listas. No me preocupé demasiado porque significaba que me devolverían 10 chevronetz, justo en el momento en que más necesitaba el dinero (había pagado las fotografías por adelantado). Pasé brevemente por el Museo del Juguete y luego corrí hasta el Instituto Kameneva para despedirme del Dr. Nieman. Desde ahí en trineo a la casa de Basseches. Desde ahí, con su sirviente, a la oficina de viajes y luego en taxi hasta la aduana. Lo que tuve que pasar por segunda vez en ese lugar es indescriptible. Había una espera de veinte minutos frente a una ventanilla en la que estaban contando billetes de a mil. Ninguna persona en el lugar estaba dispuesta a cambiarme cinco rublos. Era absolutamente necesario que mi valija, en la que no sólo guardaba todos mis hermosos juguetes, sino también todos mis manuscritos, viajase en el mismo tren que indicaba mi pasaje. Dado que no pudo ser consignada sino hasta la frontera, era esencial que yo estuviera ahí para recibirla. Por fin logré disponer este procedimiento. Pero, una vez más, fui testigo de la permanencia del servilismo que aún corre por la sangre de la gente en este lugar; el sirviente parecía totalmente indefenso frente a la argucia y el letargo de los oficiales aduaneros. Respiré más tranquilo cuando al fin pude enviarlo de regreso con un chervonetz. La agitación me había vuelto a causar dolores de espalda, pero me sentía feliz por disponer de algunas horas tranquilas. Me entretuve caminando por la hermosa fila de puestos en la plaza, compré otro paquete de tabaco de Crimea y almorcé en el restaurante de la estación Yaroslavsky. Aún tenía suficiente dinero para telegrafiar a Dora y comprar un set de dominó para Asja. Concentré toda mi atención en estos últimos recados en la ciudad, y me causó placer porque tuve la oportunidad de dejarme llevar de un modo que no había sido usual durante mi estadía. Volví al hotel poco antes de las tres. El suizo me dijo que una mujer había ido a verme y que regresaría más tarde. Fui a mi habitación y luego me dirigí a la recepción para pagar mi cuenta. Cuando estaba volviendo a mi cuarto, descubrí la nota de Asja sobre la mesa que antes había pasado por alto. Decía que me había esperado por un largo rato, sin haber comido, y que iría a una stolovaya cercana. Debía buscarla ahí. Me apresuré para salir a la calle y la encontré caminando en mi dirección. Ella sólo había comido un poco de carne y todavía estaba hambrienta, así que, antes de regresar con ella a mi habitación, corrí hasta la plaza para comprar algunas mandarinas y aperitivos. En medio del apuro, había traído la llave del cuarto conmigo; Asja me esperaba en el lobby. Le pregunté «¿Por qué no entraste a la habitación? La llave está en la puerta». Y me sorprendió la inusual amabilidad de su sonrisa cuando me dijo «no». Esta vez, había encontrado a Daga en buen estado y había entablado una discusión amarga pero provechosa con la doctora. Ahora estaba recostada sobre mi cama, debilitada pero sintiéndose bien. Me senté a su lado, luego me trasladé a la mesa para escribir mi dirección en unos sobres, después fui hasta mi valija y le mostré los juguetes que había comprado en los últimos días. Le gustaron mucho. Pero, mientras tanto —y debido a mi profundo agotamiento, entre otras cosas— me costaba contener las lágrimas. Hablamos de algunas cosas más, por ejemplo sobre cómo debería escribirle y qué cosas debería evitar. Le pedí que me hiciera una bolsa para el tabaco. Que me escribiera. Por último, cuando sólo nos quedaban unos pocos minutos, mi voz comenzó a quebrarse y Asja se dio cuenta de que estaba llorando. Al final me dijo: «no llores o voy a terminar llorando también, y una vez que empiezo no puedo detenerme tan fácilmente como tú». Nos abrazamos fuerte. Luego subimos a la recepción, donde no me quedaba más por hacer (pero no quería esperar al sovietdushi). Cuando apareció la mucama, me aparté de su camino sin dejarle propina y salí del hotel junto a Asja, que me seguía con el abrigo de Reich bajo el brazo. Le dije que llamara a un trineo. Estaba a punto de subir, después de despedirme de ella nuevamente, pero le pedí que me acompañara hasta la esquina de la Tverskaya. Allí descendió y, cuando el trineo comenzaba a ponerse en marcha, en plena calle, besé sus manos una vez más. Ella se quedó ahí un largo rato, diciéndome adiós. La saludé desde el trineo. Me pareció que se alejaba caminando de espaldas, pero luego la perdí de vista. Sosteniendo la enorme valija sobre mis rodillas, transité por las calles hacia la estación, al atardecer, con lágrimas en mis ojos.
