Discursos interrumpidos I

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Ninguna otra figura fue tan viva para Fuchs como Daumier. Le ha acompañado durante toda su vida de trabajo. Casi podría decirse que en ella se hizo Fuchs un dialéctico. Por lo menos la concibió en su plenitud y en su viviente contradicción. Si bien captó lo maternal en su arte y lo circunscribió de una manera impresionante, no menos consiguió familiarizarse con su otro polo, con lo varonil, con lo polémico. Con razón ha señalado que en la obra de Daumier falta el toque idílico; no sólo el paisaje, los animales y la naturaleza muerta, sino además el tema erótico y el autorretrato. El momento agonal es lo que ha arrebatado a Fuchs en Daumier. ¿O sería demasiado atrevido buscar en una pregunta el origen de las grandes caricaturas de este último? ¿Cómo se comportan los burgueses de mi tiempo, parece preguntarse Daumier, si nos imaginamos su lucha por la existencia como en una palestra? Daumier tradujo la vida pública y privada de los parisinos al lenguaje agonal. Más que con nada se entusiasma con la tensión atlética de todo el cuerpo, con sus excitaciones musculares. A lo cual en modo alguno contradice que quizás nadie haya dibujado con más garra que Daumier la postración corporal más profunda. Su concepción está hondamente emparentada, y así lo advierte Fuchs, con lo plástico. Rapta a los tipos que su época le ofrece, para exponerlos, olímpicos deformados, sobre un pedestal. Sobre todo son susceptibles de que los veamos así los estudios de jueces y abogados. El humor elegiaco con que Daumier gusta rodear al Panteón griego se refiere aún más inmediatamente a esa inspiración. Quizás ésta represente la solución del enigma que ya Baudelaire encontraba en el maestro: cómo puede su caricatura, con toda su violencia y su capacidad de impacto, estar tan libre de rencor.


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