Discursos interrumpidos I

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Para el psicólogo tiene que ser una cuestión importante la de cómo un entusiasta, una naturaleza dedicada a lo positivo, puede cobrar pasión por la caricatura. Qué responda a su gusto: en lo que a Fuchs concierne, los hechos no dejan lugar a dudas. Su interés por el arte se distingue de antemano de lo que llamamos entusiasmo por la belleza. De antemano se mezcla la verdad en el juego. Fuchs no se cansa de subrayar la autoridad, el valor de fuente de la caricatura. «La verdad está en los extremos», formula en una ocasión. Y va más allá: la caricatura es para él «en cierta manera la forma de la que procede todo arte objetivo. Una sola mirada a los museos etnográficos documenta esta proposición[56]». Cuando Fuchs aborda los pueblos prehistóricos, el dibujo infantil, quizás ponga al concepto de caricatura en un contexto problemático —y tanto más genuino se denota el interés vehemente que profesa por los contenidos drásticos de la obra de arte, ya sean de índole material[57] o de índole formal—. Dicho interés atraviesa su obra en todas sus dimensiones. En su estudio tardío sobre la escultura Tang, leemos: «Lo grotesco es la cúspide máxima de lo representable sensiblemente… En este sentido, las hechuras grotescas son también la expresión de la salud rebosante de una época… Claro que no hay por qué discutir que respecto de las fuerzas que impulsan lo grotesco existe un polo crasamente opuesto. También los tiempos decadentes y los cerebros enfermos son propensos a las configuraciones grotescas. En casos semejantes, lo grotesco es la estremecedora contrapartida del hecho de que los problemas del mundo y de la existencia les parezcan insolubles a las épocas y a los individuos respectivos… A primera vista percibiremos cuál de estas dos tendencias está, como su fuerza motriz creadora, tras una fantasía grotesca[58]».


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