Discursos interrumpidos I

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La imagen que Balzac esboza del coleccionista está más cerca de la figura de Fuchs, de su actividad y su plenitud, de lo que hubiésemos esperado de un romántico. Diríamos incluso, señalando el nervio vital del hombre en cuestión: en cuanto coleccionista Fuchs es balzaciano; es una figura balzaciana que ha crecido más que la concepción misma del escritor. ¿Quién estaría más en la línea de dicha concepción que un coleccionista, cuyo orgullo, cuya expansividad le inducen, no más que por aparecer a los ojos de todos con sus colecciones, a llevarlas al mercado en reproducciones, convirtiéndose de este modo —toque no menos balzaciano— en un hombre rico? No es sólo por ser un hombre concienzudo que se sabe conservador de tesoros, sino también por ser un gran coleccionista exhibicionista por lo que Fuchs se sintió motivado a publicar en cada una de sus obras exclusivamente material gráfico inédito que, casi sin excepción, procedía de su propiedad. Para el primer volumen de La caricatura de los pueblos europeos coleccionó nada menos que 68 000 láminas para escoger entre ellas exactamente quinientas. Jamás reprodujo una lámina más de una vez. La profusión de su documentación y la amplitud de su influencia van de consuno. Ambas testimonian su procedencia de la raza de gigantes burgueses de hacia 1830. Drumont los caracteriza así: «Casi todos los jefes de la escuela de 1830 tenían la misma constitución extraordinaria, la misma fertilidad y la misma inclinación a lo grandioso. Delacroix lanza epopeyas sobre el lienzo, Balzac describe toda una sociedad entera, Dumas abarca en sus novelas cuatro mil años de historia del género humano. Todos ellos disponen de unas espaldas para las que ninguna carga resulta demasiado pesada[74]». Cuando en 1848 vino la Revolución, publicó Dumas un llamamiento a los obreros de París en el que se presenta como su igual. En veinte años había hecho cuatrocientas novelas y treinta y cinco dramas; había dado pan a 8160 personas: correctores de pruebas, impresores, tramoyistas y gentes de guardarropía; no se olvida de la «claque». El sentimiento con el que el historiador universal Fuchs creó la infraestructura económica de sus espléndidas colecciones quizás no sea del todo distinto del sentimiento que Dumas tenía de sí mismo. Esa infraestructura le permitirá más tarde llevar las riendas en el mercado parisino casi con tanta soberanía como en su propio elemento. El decano de los traficantes de arte en París solía decir de él hacia finales de siglo: «C’est le Monsieur qui mange tout Paris». Fuchs pertenece al tipo de «ramasseur»; tiene un gusto rabelaisiano por las cantidades, perceptible hasta en las exuberantes repeticiones de sus textos.


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