Excalibur
Excalibur El amanecer de Camlann es rojo. El cielo parece anticipar la masacre. Y no decepciona. La batalla es un infierno: cuerpos apilados, barro teñido de sangre, gritos que rompen el alma. Derfel lucha como un espectro, guiado solo por la rabia y la lealtad. Cada enemigo caído es una parte de su pasado que intenta proteger.
Y entonces, el momento clave.
Arthur y Mordred se enfrentan, no como reyes, sino como fuerzas opuestas del destino. No hay discursos. Solo acero y odio. El duelo es brutal, sin gloria. Mordred hiere a Arthur… pero paga el precio: muere atravesado por la lanza de su tío.
Arthur cae.
Derfel lo encuentra entre cadáveres, aún respirando. No hay triunfo. No hay aplausos. Solo la quietud de una victoria vacía. Arthur sabe que, aunque ganó, ya no hay lugar para él.
—El mundo que soñé ya no existe —dice, mientras la vida lo abandona.
Derfel, con el corazón roto, lleva a su señor herido a la costa. Junto a un pequeño grupo de fieles, embarcan al rey en una barca. El mar lo recibe. Nadie lo ve morir. Nadie lo entierra. Arthur simplemente… desaparece.
—No lo mataron los sajones —escribe Derfel años después—. Lo mató el amor. Lo mató la traición. Lo matamos todos.