Excalibur
Excalibur El país está fracturado. Los sajones presionan desde el este, mientras los reinos britanos se debaten entre la vieja fe y el cristianismo emergente. Arturo, gobernador de Dumnonia, no es rey, pero su voluntad ha sido ley en tiempos de guerra. Derfel lo recuerda como “el Emperador”, aunque Arturo jamás usó ese título.
La historia no comienza con espadas, sino con traición. Lancelot, antaño aliado y símbolo de gloria, conspira con los cristianos y el rey sajón Cerdic. Guinevere, la reina, abandona el lecho de Arturo por los brazos de Lancelot. Derfel lo presencia, impotente, obligado a encarcelar a la mujer que Arturo amaba con desesperación. El dolor no está en la traición misma, sino en su simbolismo: el corazón de Arturo se rompe, y con él, la frágil unidad de Britania.
—Él no podía matarla. Tampoco perdonarla —explica Derfel a Igraine, la joven reina que le ha encomendado esta crónica.
La escena no es solo política. Es profundamente íntima. Arthur amaba con fidelidad absoluta. Guinevere quería gloria. Quería ser la madre de un nuevo imperio, con Lancelot como dios guerrero. Pero en ese deseo, encendió una guerra santa.
