Excalibur
Excalibur Pero la victoria tiene un precio. Arturo, el gran unificador, ha perdido lo más Ãntimo. Guinevere yace encerrada en Ynys Wydryn, bajo la custodia de su enemiga Morgan. Cuando Derfel la conduce al santuario, ve lágrimas sinceras en la reina caÃda. Su corona no ha caÃdo por enemigos extranjeros, sino por deseo. Y eso, para Arturo, es imperdonable.
—Ella me rompió el corazón —le confesó a Derfel—. Y sin embargo, no pude matarla.
El emperador sin corona es ahora un hombre endurecido, su rostro envejecido por el dolor, su paciencia desgastada como un filo sin piedra. El amor lo ha dejado vacÃo, y esa herida lo vuelve implacable. Dumnonia, su reino adoptivo, lo obedece por temor tanto como por lealtad.
En este escenario de ruinas morales, aparece la esperanza disfrazada de magia. Merlin y su discÃpula Nimue preparan algo en Mai Dun. Un ritual ancestral. Una promesa pagana: traer de vuelta a los dioses antiguos. Derfel es testigo de los prodigios. En Lindinis, presencia apariciones que hielan la sangre: una joven que brilla desnuda en la oscuridad, un guerrero con cuernos de ciervo sobre el tejado, y el poder palpable del Caldeiro de Clyddno Eiddyn.
—¿Qué fue eso? —pregunta Issa, atónito.
—No lo sé —responde Derfel—, pero lo vimos. No fue ilusión.
