La fábula de las abejas
La fábula de las abejas no pasaba ya su carga a abejas jornaleras,
sino que se abastecÃa a sà mismo, exento de vicios,
para hacer sacrificios y ruegos a los dioses.
Todos los ineptos, o quienes sabÃan
que sus servicios no eran indispensables, se marcharon;
no habÃa ya ocupación para tantos
(si los honrados alguna vez los habÃan necesitado)
y sólo algunos quedaron junto al Sumo Sacerdote
a quien los demás rendÃan obediencia;
y él mismo, ocupado en tareas piadosas,
abandonó sus demás negocios en el Estado.
No echaba a los hambrientos de su puerta
ni pellizcaba del jornal de los pobres,
sino que al famélico alimentaba en su casa,
en la que el jornalero encontraba pan abundante
y cama y sustento el peregrino.
Entre los grandes ministros del rey
y todos los funcionarios menores,
el cambio fue grande; [Q]pues frugalmente
de sus sueldos vivÃan ahora.
Que una abeja pobre diez veces acudiera
a reclamar lo suyo, alguna Ãnfima suma,
y un escribano la obligara