La fábula de las abejas
La fábula de las abejas a soltar sus cuartos o no ser atendida,
se llamaba ahora engaño evidente,
aunque antes los denominaran emolumentos.
Todos los puestos antes manejados por tres
que mutuamente vigilábanse sus bellaquerías,
y que a menudo, por solidaridad, entre sí
se estimulaban sus latrocinios,
felizmente ahora los atiende uno solo,
con lo cual se han marchado algunos miles más.
[R]Ningún hombre de honor podía ya conformarse
con vivir debiendo lo que gastaba;
los prestamistas tenían ahora libreas arrumbadas,
vendían los coches por una bicoca
y los briosos caballos por tiros completos,
y se vendían las casas de campo para pagar deudas.
El derroche se evitaba tanto como el fraude:
no había ya ejércitos en el extranjero,
se reían de la estima de los forasteros
y de la huera gloria ganada en guerras;
luchaban, mas sólo por su propia patria,
cuando el derecho o la libertad peligraban.
¡Contemplad ahora el glorioso panal, y ved
cómo concuerdan honradez y comercio!
Se va el espectáculo, veloz se esfuma,
y aparece con faz muy diferente.