La fábula de las abejas
La fábula de las abejas Pues no solamente se han marchado quienes
al año se gastaban enormes sumas,
sino también multitudes que de ellos vivían
viéronse obligadas a tomar igual camino.
En vano pretenden pasar a otros menesteres,
pues todas las profesiones están colmadas.
Los precios de las casas y las tierras decaen:
milagrosos palacios, cuyos muros,
cual los de Tebas, con alarde se alzaban,
están en alquiler; mientras los otrora alegres
y bien afincados lares, más bien preferirían
perecer en las llamas, que ver
a la indigna inscripción de la puerta
burlar las ejecutorias que antes ostentaban.
El arte de construir está casi muerto,
los artesanos no hallan empleo,
[S]ningún pintor se hace famoso con su arte
ni existe cantero ni tallador renombrado.
Los sobrios que han quedado anhelan saber,
no ya cómo gastar, sino cómo vivir;
y en la taberna, al pagar su cuenta,
resuelven no volver más a ella.
Ninguna coqueta de figón, en todo el colmenar,
podía ya vestir telas de oro, y prosperar;
ningún presumido, avanzar grandes sumas
para Borgoña y verderoles;
se ha ido el cortesano que con su amante