La fábula de las abejas
La fábula de las abejas Que las palabras decencia y conveniencia son muy ambiguas, y no pueden comprenderse si no se conocen las cualidades y circunstancias de las personas que las emplean, ya se ha indicado en la Observación [L]. El orfebre, el mercero o cualquier otro de los más apreciables tenderos que cuentan con tres o cuatro mil libras para establecerse, han de disponer diariamente de dos platos de carne y algo extraordinario los domingos. Su mujer, para parir, necesita una cama de damasco y dos o tres cuartos muy bien amueblados. Al siguiente verano exigirá una casa en el campo o, por lo menos, muy buenos alojamientos. Un hombre que tiene una posesión fuera de la ciudad necesita un caballo y su lacayo otro. Si su negocio marcha regularmente, espera en ocho o diez años poseer coche propio; con todo confÃa en que después de haberse esclavizado (como él llama a esto) durante veintidós o veintitrés años, tendrá reunidas mil libras anuales por lo menos, para dejar en herencia a su primogénito y dos o tres mil para que cada uno de sus hijos empiece su vida; y cuando los hombres que se encuentran en tales circunstancias ruegan por el pan de cada dÃa, sin incluir con éste ninguna otra extravagancia, se les considera modestos. Llamad a esto orgullo, lujo, superfluidad, o lo que queráis, pero en la capital de una nación próspera es lo común. Los de inferior condición deben conformarse con comodidades menos costosas, asà como otros de más alto rango, tienen la posibilidad de hacer las suyas más caras. Algunos no consideran más que decente el comer en vajilla de plata, y suponen que tener un coche o seis son cosas que entran en las comodidades necesarias para la vida; y si un Par del Reino no tiene más de tres o cuatro mil libras de renta al año, se considera pobre a Su SeñorÃa.