La fábula de las abejas
La fábula de las abejas Si los que quieren imitar demasiado fielmente a otros de fortuna superior, se arruinan, la culpa es sólo suya. Esto no quiere decir nada contra el lujo; porque quienquiera que, teniendo lo suficiente para subsistir, vive con gastos superiores a sus ingresos, es un mentecato. Hay personas de calidad que pueden tener tres o cuatro coches y hasta seis, y al mismo tiempo atesorar dinero para sus hijos; mientras que a un joven tendero le arruina el mantener un triste caballo. Es imposible que exista una nación rica sin pródigos; no obstante, nunca he visto ciudad demasiado llena de gastadores, pero sà avaros bastantes para contrarrestarlos. Asà como un viejo comerciante se arruina por haber sido durante mucho tiempo extravagante o descuidado, lo mismo un joven principiante que emprende el mismo negocio, si es ahorrativo o más industrioso, logrará fortuna antes de los cuarenta. Además, las flaquezas de los hombres dan a menudo resultados contradictorios: algunos espÃritus estrechos nunca pueden prosperar porque son demasiado tacaños, mientras que otros más desprendidos amasan grandes riquezas por gastar su dinero liberalmente, aparentando despreciarlo. Pero las vicisitudes de la fortuna son necesarias, y las más lamentables no son más perjudiciales para la sociedad que la muerte de los individuos que la componen. El balance de los bautizos está en proporción al de los entierros. Quienes pierden por consecuencia inmediata de los reveses de otros, se entristecen, se quejan y escandalizan; pero, en cambio, los que ganan, que siempre los hay, cierran la boca porque es odioso mostrarse favorecido con las pérdidas y calamidades de nuestros vecinos. Los diversos altibajos forman una rueda que, con su incesante girar, pone en movimiento toda la maquinaria. Los filósofos, que osan extender sus pensamientos más allá del mezquino alcance de lo inmediato a ellos, no consideran los cambios alternativos de la sociedad civil de diferente manera que el hincharse de los pulmones; partes tan indispensables estos últimos, para la respiración en los más perfectos de los animales, como las primeras; de modo que el voluble hábito de la inconstante fortuna es para el cuerpo polÃtico lo mismo que el aire para una criatura viviente.