La fábula de las abejas

(RESUMEN)

La fábula de las abejas

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Cuando el incomparable sir Richard Steele, con la acostumbrada elegancia de su fácil estilo, se detiene en el elogio de la sublime especie a que pertenece, y con todos los adornos de la retórica expone las excelencias de la naturaleza humana[270], es imposible no dejarse cautivar por los felices giros de su pensamiento, y la cortesía de sus expresiones. Pero yo, aunque me he sentido a menudo arrastrado por la fuerza de su elocuencia y dispuesto a ingerir con gusto sus ingeniosas sofisterías, no he podido sin embargo, llegar a tomarlo tan en serio, pues al reflexionar sobre sus ladinos encomios, di en pensar en los ardides que emplean las mujeres para enseñar a los niños a ser bien educados. Cuando una niñita torpe, que apenas si puede andar o hablar, empieza, después de muchas súplicas a hacer los primeros toscos ensayos de una zalema, el aya cae arrobada en un éxtasis de alabanzas: «¡Eso sí que es una zalema elegante! ¡Oh, qué encanto de señorita! ¡Sí, ya es una preciosa damita! ¡Mamá! ¡La señorita puede hacer una zalema mejor que su hermana Margarita!» Las doncellas hacen coro, mientras que mamá abraza a la criatura hasta casi asfixiarla; únicamente la señorita Margarita, que ya tiene cuatro años más de edad y sabe muy bien hacer una cortesía con arte, se asombra de la perversidad del juicio, y llenándose de indignación está a punto de llorar por la injusticia que se le hace, hasta que le susurran en el oído que es sólo para complacer a la nena, y que ella es ya una mujercita, y sintiéndose orgullosa por participar en un secreto, contenta con la superioridad de su inteligencia, repite lo que se ha dicho con generosas adiciones, acusando así la debilidad de su hermanita, a quien ella considera, de las dos, la única engañada. A estas extravagantes alabanzas, cualquiera con más capacidad que un niño las llamaría adulación o, si se quiere, mentiras detestables; sin embargo, la experiencia nos enseña que, mediante tan burdos elogios, se consigue que las niñas hagan elegantes reverencias y se comporten mujerilmente mucho antes y con menos trabajos que sin su ayuda. Lo mismo sucede con los muchachos, a los que se procura persuadir de que todos los caballeros elegantes hacen lo que se les pide y que sólo los chicos de la calle son groseros, o ensucian su ropa; más aún, tan pronto como el salvaje rapaz empieza a manosear el sombrero con sus torpes puños, la madre, para enseñarle a quitárselo, le dice, aunque apenas tenga dos años, que ya es un hombre; y si él repite este gesto cuando ella se lo pide, el niño es entonces un capitán, un alcalde, un rey o algo más grande todavía si se le ocurre, hasta que el bribonzuelo, incitado por la fuerza de las alabanzas, se esfuerza en imitar a los hombres lo mejor que puede, y concentra todas sus facultades para aparentar lo que en su escasa mollera imagina que le creen[271].

Este documento es un resumen redactado con fines exclusivamente educativos e informativos. Su contenido ha sido elaborado con palabras propias del autor del resumen y no contiene reproducciones textuales de la obra original. La obra original, titulada 'La fábula de las abejas', es de autoría de Bernard Mandeville y todos sus derechos pertenecen a dicho autor y a sus titulares legales. Esta publicación no busca reemplazar la lectura de la obra original ni afecta su explotación comercial. No se reclaman derechos sobre el contenido original ni se pretende apropiación alguna. Se recomienda encarecidamente la lectura íntegra de la obra original para una experiencia completa. Puedes adquirirla legalmente en Amazon..

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